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El diablo

El origen del mito sobre el hombre en caballo negro revela encuentros sobrenaturales en la región de Belalcázar.

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Ilustración de El diablo

La noche envolvía a los viajeros en un manto de misterio y expectativa mientras descendían por los serpenteantes senderos que conducían desde el antiguo pueblo de Belalcázar. La luna, tímida testigo de la jornada, apenas se asomaba entre las nubes que se aferraban al cielo con insistencia. Mi padre, con su semblante curtido por el tiempo y la sabiduría de los caminos, lideraba la marcha sobre su noble caballo, cuyo trote rítmico resonaba como un tambor en la tranquilidad de la noche.

Detrás de él, yo lo seguía con la sumisión del aprendiz, tratando de adivinar en los susurros del viento y el crujir de las hojas las historias que él había vivido y que, como un río bajo la tierra, aguardan su momento para brotar a la superficie. Aquel día, esa superficie la compartía con su compadre, que se quedaba un tanto atrás, cargado con mercancías en su montura. Su presencia allí había sido una bendición, un compañero de viaje que conocía el poder de los silencios y de las conversaciones circunspectas bajo el crepitar de las estrellas.

Fue al tomar la bajada de El Tablón que las sombras parecieron alargar sus manos para acariciar el escenario con una inquietud inesperada. El aire se hizo denso, como si las mismas nubes que cubrían la luna se hubieran decidido a descansar a nivel del suelo, creando un velo que difuminaba la frontera entre lo real y lo mágico.

Entonces, apareció ante nosotros una silueta que parecía surgir de un sueño, montada en un caballo negro como la noche, cuyas crines danzaban con el viento. El jinete vestía con un caucho negro que ondeaba en su espalda cual capa de un espectro perdido entre mundos. Desaparecía y reaparecía entre la neblina, jugando a ser una aparición más que una criatura terrenal.

La lluvia, breve pero intensa, nos alcanzó justo en el momento en que intentábamos discernir la realidad de la ilusión ante nuestros ojos. Pero tan pronto como mojó nuestras ropas, se desvaneció, absorbida por la tierra y las piedras del camino, quedando solo el aroma fresco de la tormenta pasajera.

Guiado por una mezcla de curiosidad y deber, mi padre espoleó su caballo hasta la quebrada de El Tablón. Allí, rodeada de arbustos y el murmullo constante del agua, se erguía una puerta. Era un portal extraño, hecho de madera vieja y oxidada por el tiempo, y no parecía pertenecer a ninguna edificación, sino más bien al capricho de un soñador. Intentó abrirla, pero la puerta se resistió con obstinación, como si fuera un guardián celoso de secretos ancestrales.

El caballo de mi padre relinchó, inquieto, y en un acto de audacia que desafiaba la lógica, saltó sobre la puerta cerrada, dejándola atrás mientras su jinete miraba a su alrededor, buscando rastros del misterioso jinete que los había precedido. Sin embargo, el suelo, tanto antes como después del salto, estaba inmaculado, sin una sola huella que pudiera pertenecer a aquel intrigante visitante nocturno.

Fue en ese momento, cuando la realidad se negó a ofrecer respuestas concretas, que mi padre, conocedor de las historias que habitan en el umbral entre lo visible y lo invisible, llegó a una inevitable conclusión. Aquello no era un hombre, sino el Diablo en persona, jugueteando con el destino de los hombres, llevando sus enigmáticos presagios montado en su corcel negro por los caminos de aquel mundo que se movía y respiraba entre lo tangible y lo fantástico, dejándonos a nosotros, simples mortales, con nada más que historias para contar bajo el cielo estrellado que, una vez más, volvía a ser dueño de la noche.

Historia

El origen del mito parece basarse en una experiencia que el narrador atribuye a su padre. Según la versión proporcionada, el padre del narrador estaba viajando a caballo desde Belalcázar con un compadre que llevaba mucha carga. Durante el trayecto, al tomar la bajada de El Tablón, avistaron a un hombre que corría mucho montado en un caballo negro y portaba un caucho negro. Después de que una breve lluvia cesara, el padre del narrador encontró una puerta en la quebrada de El Tablón, la cual no pudo abrir, y tras buscar rastros sin éxito, interpretó que se trataba de una aparición del diablo. Este relato posiblemente alimenta una tradición de encuentros sobrenaturales en esa región.

Versiones

Al analizar la cantidad limitada de una única versión del mito presentada, no se pueden identificar ni comparar diferencias entre versiones, ya que solo se tiene un relato disponible. Para ofrecer un análisis significativo, normalmente sería necesario contrastar varias historias del mismo mito, buscando variaciones en elementos como la secuencia de eventos, la caracterización de los protagonistas, o los detalles simbólicos y culturales que puedan diferir.

Con una segunda versión del mito, podríamos indagar en diferencias potenciales como la interpretación del hombre en caballo negro, quién podría ser visto diferentes según el contexto cultural o cronológico —ya sea como una manifestación del diablo, una figura de presagio, o un simple engaño humano—. También se podrían identificar cambios en la percepción del clima como presagio de eventos sobrenaturales, o en los detalles geográficos específicos, como la descripción de "El Tablón", que a menudo refleja cómo las características locales del paisaje se reinterpretan a lo largo del tiempo y en diferentes narraciones del mito.

Lección

No todo lo que se ve es lo que parece.

Similitudes

Se asemeja a los mitos griegos de apariciones fantasmales y a los cuentos nórdicos de encuentros con seres sobrenaturales en el bosque.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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