En un tiempo remoto, cuando el cosmos todavía guardaba secretos de un amor sin barreras y la oscuridad era apenas un susurro, la Tierra y la Luna eran hermanas inseparables, unidas por un puente colgante tan etéreo como los sueños. Bajo los cielos insondables, estas luminarias se miraban con afecto, protegidas por la complicidad de sus cuerpos celestiales.
En la Tierra, el pueblo de los Motilones, hijos de antiguos guerreros, vivían con el alma inquieta. Se dice que ellos sentían sobre sus espaldas las historias que el viento contaba sobre los Caribes y los Arawak, quien fueran ancestrales maestros de su sangre rebelde. A pesar de la mística de su tierra, los Motilones sufrían. Los días eran largos y pardos y la parca luminosidad no quirúrgicamente sus rostros abatidos mientras la escasez merodeaba, susurrando inquietudes sobre el pan que debía ser compartido entre la gente del Catatumbo.
Desesperados por la sombra que avanzaba sobre sus hogares, un grupo decidió ascender por aquel puente hacia los territorios desconocidos de la Luna. Así, con arcos y flechas preparados y corazones latiendo al compás de sus pisadas, comenzaron el ascenso hacia lo desconocido.
Al llegar, sus ojos se abrieron como nunca antes. Allí, la Luna reveló sus campos de un verde insondable, donde árboles titilaban como estrellas caídas y los animales convivían en armonía ensordecedora. Era un paisaje detenido en el tiempo, un sueño tangible que burlaba las fronteras de los sentidos. Cuando se vieron envueltos por la belleza del lugar, de entre las sombras emergió una joven de cabellos como ríos de plata, su piel reluciente con el brillo del sueño lunar, y en sus ojos habitaba una soledad profunda que parecía conocer todos los secretos.
El miedo paralizó a los Motilones al ver a la señora de la Luna. La incertidumbre danzaba en sus almas y sus gargantas querían gritar sombras de explicaciones. Tras un silencio tan vasto como el universo mismo, uno de ellos, movido por una llamita de valentía, habló con reverencia y manifestó los motivos de su presencia.
La doncella lunar, pese a su inicial reserva, escuchó con atención la súplica. Tras una reflexión envuelta en un suspiro ancestral, ofreció un trato: les permitiría llevar consigo frutos y animales si ellos, a cambio, le concedían la dicha de una visita diaria, para conversar y compartir la vida en su palacio de plata. Y así, el trato fue sellado bajo el místico cielo sin testigos.
Con el tiempo, este pacto transformó la existencia de los Motilones. El hambre retrocedió, pero el peso de los encuentros diarios con la señora de la Sabiduría empezó a ser notado; sus almas caían en un profundo frío que les restaba las fuerzas, de modo que sus cuerpos retornaban a la Tierra agotados y, a menudo, vacíos.
Un día, impulsada por la curiosidad y la ilustre intención de renovar el destino, una nueva generación de jóvenes guerreros ascendió hacia la Luna. Ellos no deseaban pactos ni visitas, sólo estaban ansiosos por disfrutar de la libertad que intuían en el aire lunar. La señora de la Luna no sospechó de sus intenciones hasta que, vagando por sus dominios, los halló en amoríos clandestinos con las jóvenes del reino del Cóndor y del Buitre, pueblos de gestos altivos y grandiosos vuelos.
El enojo de la guardiana de la Luna resonó con la ira del trueno dormido. Inmutables ante la inminente tormenta de consecuencias, los jóvenes no discutieron ni ofrecieron excusas. Sabían que sus corazones habían encontrado otro rincón de amor, incompatible con la indulgencia concedida por el trato original. Enfurecida por su desobediencia y el asalto a su soledad, la señora cortó los lazos que unían el puente entre las hermanas celestiales, con ello desterrando a los jóvenes a quedar prisioneros de su reino titilante, mientras la Luna y la Tierra se separaban, distanciando los sueños compartidos de antaño.
Dicen que en noches claras y ausentes de nubes, los descendientes de aquellos jóvenes Motilones aún pueden ver a las hijas del Cóndor inmortalizadas en la faz de la Luna, quienes desde allí arriba contemplan la Tierra con un inexorable anhelo, un amor perdido que aún acaricia el espacio entre las estrellas. Sus miradas son un recordatorio eterno de aquel puente colgante de sueños, una tradición tejida con hilos de amor y traición, donde hermanos y amantes buscan la reincorporación que el tenor del cosmos alguna vez les prometió.
Historia
El mito relata el origen de la separación entre la Tierra y la Luna. Según la leyenda de la comunidad indígena Motilones o Bari de Colombia, la Tierra y la Luna eran hermanas unidas por un puente colgante debido a su fuerte vínculo de cariño. Sin embargo, los habitantes de la Tierra no estaban satisfechos con las condiciones de vida, especialmente la poca luz y escasez de alimentos. Un grupo de motilones, sin consultar a la madre Tierra, decidió explorar la Luna para buscar recursos. Allí se encontraron con la dueña del lugar, una hermosa joven, y acordaron visitarla regularmente a cambio de permitirles cazar y recolectar en la Luna. Con el tiempo, los motilones sintieron fatiga y enfermedades asociadas a sus visitas. Un grupo de jóvenes motilones decidió no seguir las normas y exploró regiones desconocidas, incluyendo el territorio del Buitre y el Cóndor, donde se enamoraron de sus mujeres. Al descubrirlo, la dueña de la Luna se enfureció y castigó a los jóvenes motilones, cortando el puente que unía la Luna con la Tierra, separándolas definitivamente. Se dice que los descendientes de estos motilones aún observan la Tierra con nostalgia desde la Luna.
Versiones
Esta versión del mito de los Motilones se centra en la historia de cómo la Luna y la Tierra se separaron, resaltando un evento que rompe la conexión armoniosa entre ambas. Una característica distintiva de esta narración es la personificación de la Luna como una figura femenina que se siente sola en su espléndido pero aislado dominio. Los motilones, representados como un grupo indígena con un instinto guerrero heredado de influencias Caribe, inicialmente buscan los recursos de la Luna debido a la escasez en la Tierra. Una vez allí, hacen un pacto con la "mujer de la Luna" para poder llevarse recursos a cambio de su compañía. Esta parte del relato enfatiza un intercambio económico y social entre los habitantes de la Tierra y la Luna, en el cual la interacción y el cumplimiento de ciertas condiciones permiten la coexistencia pacífica y el acceso a recursos abundantes en un primer momento.
Sin embargo, el clímax del mito se produce cuando un grupo de jóvenes motilones desobedece las “condiciones del trato” al explorar más allá de lo permitido y enamorarse de las mujeres locales del Cóndor, reflejando un conflicto entre la exploración, la desobediencia y las relaciones interpersonales. Esto provoca la ira de la Luna, quien decide castigar la traición cortando el puente que los une a la Tierra, simbolizando así la separación definitiva entre los dos cuerpos celestiales. En contraste con otras narraciones míticas de la separación de la Luna y la Tierra, esta versión pone énfasis en el aspecto humano y relacional como la causa del distanciamiento, al tiempo que incorpora elementos de amor prohibido y castigo por desobediencia. La nota final de nostalgia y observación mutua sugiere una continuidad del vínculo original, aunque ahora solo a través de la distancia, lo que podría simbolizar una añoranza por la conexión perdida y un recordatorio de las acciones pasadas.
Lección
Las acciones tienen consecuencias que pueden romper conexiones valiosas.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Selene y Endimión, donde la Luna tiene un papel activo y emocional, y al mito nórdico de la separación de los mundos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



