En el sofocante silencio del desván del Teatro Miramar, entre partículas de polvo suspendidas en una luz casi dorada, yacía olvidado un carrete de película. Era un testamento mudo, una cinta gastada que guardaba un último secreto. Servio Cruz, el autor de este relato, había plasmado en aquellas imágenes el eco de su juventud, un tiempo inmortal que se entrelazaba con la cinta, a pesar de las manchas de rayas y ruidos que la cruzaban.
Servio, ya anciano, desbordado por la calma de una vida sencilla y digna, dejó escrita esta única obra. Compartía sus confidencias con quien tuviera la curiosidad de rebuscar entre los cartones destinados al olvido o la llama. La película, igual que el teatro, estaba ante un inminente fin. Aquel lugar guardaba tanto su historia como la de un destino que, como sombras refulgentes, seguían danzando en sus recuerdos.
La sala de cine fue para Servio un refugio más real que la realidad misma. Allí los sueños se extendían con nitidez, mientras que lo vivido fuera de esas paredes se desvanecía en una bruma de pesadillas efímeras. Servio recordaba demasiado bien los días frescos y lozanos de su remoto pasado. Era un momento en el que las jóvenes ilusiones aún tiraban de los hilos de su ser.
Todo comenzó en un día que el tiempo guardó congelado, junto a sus pueblos amigos, en el bullicioso mercado de Magdalena. Acompañados del aroma del pan fresco y el picante fuerte del ajo, sus conversaciones vagabundeaban por sendas inciertas, como el viento entre las fisuras de sueños rotos. Mientras sus amigos ansiaban riquezas y éxitos, Servio deseaba caminar un sendero serpentino que lo llevara de abismo en abismo, en busca de algo que escapaba incluso a su propio entendimiento.
Fue en medio del balbuceo del agua, aquel día, cuando todo cambió. Al emerger de la superficie inquieta, un hombre alto, de cabello largo y barba venerable, caminó sobre el líquido como si de tierra se tratara, deteniéndose a unos pocos pasos de ellos. Dos amigos, agarrados por el miedo, huyeron como si gente endiablada los persiguiera. Otro, más joven e impresionable, quedó petrificado en su sitio, como si se hubiese fundido en la tierra.
Gerardo, el más osado y charlatán, plantó cara al recién llegado. "¿Qué eres?", preguntó con osadía. El hombre desconocido, tan enigmático como magnánimo, declaró que podía ofrecerles oro y esmeraldas. Pero la dádiva no era un simple regalo; debía ser un deseo potente, fervoroso. Las joyas, para materializarse, debían ser anheladas con el corazón desnudo.
Gerardo, de ambiciones desorbitadas, encontró sencillo desearlas. Con una confianza que apenas contenía su codicia, invocó al Chenche, pues así nombraron al espectro, pidiendo las riquezas con palabras que parecían un río de desear desenfrenado. Con un gesto casi imperceptible, el Chenche satisfizo su ansia, vertiendo el lujo prometido sobre Gerardo con un cruel derroche de joyas. Como mariposas brillantes y fatales, estas cayeron sobre él, una tras otra.
La avaricia, que una vez había azuzado los sueños de Gerardo, se tornó su perdición. El peso de su deseo fue demasiado, y su cuerpo comenzó a hincharse, colmado del agua del destino traicionero, mientras sus ojos, como cofres huecos y vidriosos, miraban al vacío sin entender. El río del olvido lo abrazó y lo sustrajo de la vista, igual que una pesadilla que se reabsorbe en el subconsciente.
Nadie más que Servio observó el espectral desenlace. Fueron testigos de cómo la ambición desenfrenada se convertía en su propia destrucción. Años después, al escribir su único relato, Servio Cruz comprendió que el mito que una vez vivió era una advertencia viva. Un susurro desde el pasado para quienes, aunque tentados por el brillo de tesoros, olvidan lo valioso de un deseo que se desliza muy cerca del peligro y las profundidades, en los mares oscuros que separan el alma humana de su destino final.
Historia
El origen del mito proviene de un relato encontrado en un fotograma de una vieja película en el Teatro Miramar. La historia es contada por Servio Cruz, quien la considera un testamento de su vida. En su juventud, Servio y sus amigos experimentaron un encuentro con una figura sobrenatural llamada "el Chenche", que emergió del agua y les ofreció riquezas a cambio de desearlas profundamente. Gerardo, uno de los amigos de Servio, pidió las joyas con mucha ambición. Sin embargo, el deseo desmedido de Gerardo condujo a su desaparición, ilustrando el peligro de la avaricia. Esta experiencia marcó la vida de Servio, enseñándole sobre las consecuencias de la ambición.
Versiones
En el análisis de la versión citada del mito se observan varios elementos únicos que definen esta narrativa en comparación con otras versiones comunes de mitos sobre deseos y advertencias. En esta particular representación, el mito se estructura como un testamento personal y retrospectivo del protagonista, Servio Cruz, lo que instaura un contexto introspectivo y melancólico que no suele encontrarse en narraciones habituales centradas en eventos fantásticos. La estructura de este relato se desarrolla como un recuerdo vivido, vinculado a un contexto físico específico —el Teatro Miramar y su eventual decadencia—, lo que añade una dimensión de realismo y añoranza, en contraste con la naturaleza atemporal e impersonal frecuente en otros mitos.
Otra diferencia clave radica en el personaje de "el Chenche", cuya aparición en esta historia como un ser que concede deseos con cierta malicia añade un matiz singular; en otros mitos, tales figuras son a menudo representadas de manera más neutral o incluso benigna. Aquí, sin embargo, el Chenche interactúa con un claro componente de advertencia moral, ejecutando un castigo instantáneo y fatal sobre Gerardo por su ambición desmedida. Este resultado sirve como un comentario sobre el deseo humano y sus consecuencias, un elemento común en el folklore, pero presentado aquí con un desenlace tangible y violento que subraya lo efímero y peligroso de ser consumido por codicia, dejando a la audiencia con una reflexión sobre las sombras del propio carácter humano, reforzado por la textura casi cinematográfica de los recuerdos del narrador.
Lección
La ambición desmedida lleva a la destrucción.
Similitudes
Se asemeja al mito del Rey Midas de la mitología griega, donde el deseo de riqueza lleva a un desenlace trágico.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



