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El castigo de Chaquén

Explora el romance prohibido de Tintoa y Súnuba, un mito muisca de amor y castigo divino por Chaquén.

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Ilustración de El castigo de Chaquén

En el centro de las vastas llanuras del altiplano cundiboyacense, donde el viento arrastra historias que parecen no tener comienzo ni fin, el tiempo se desdobla entre el reverberar del sol y los murmullos de las noches estrelladas. Allí, cuando las espigas de maíz levantaban sus doradas cabezas bajo la protección de Sua, el dios sol, y los cielos se adornaban con el vuelo silente de las aves, los valles se vestían de una paz que parecía susurrar a la eternidad.

Era un tiempo en que Chaquén, el dios guardián de los linderos y la moralidad, vigilaba desde las montañas. La fértil tierra de los pueblos muiscas resonaba con el ritmo pausado de manos morenas que tejían los senderos de agua en los campos, y los frijoles conocían el secreto de trepar hacia los cielos. En este idílico paisaje, el canto de los jilgeros solía derramarse como una lluvia de luz desde lo alto, mientras el aroma de las colmenas, resplandecientes como soles propios, llenaba el aire.

En uno de esos valles vivía Tintoa, un joven marcado por un destino incierto. Sus ojos, profundos como los secretos del Iraca, reflejaban una tristeza que se alzaba por encima de su corta edad. La historia de cómo llegó a aquel poblado era un murmullo que se perdía en el susurro de la fuente cercana a donde solía ir a refugiarse. Sus verdaderos padres se habían convertido en sombras de un pasado olvidado, revividas sólo por la narración de su madre adoptiva. Fue durante una celebración en Suamox, cuando el cielo y la tierra convergieron en un tributo a Sua, que un joven matrimonio perdió a su hijo pequeño, abandonado en los brazos de la soledad bajo la influencia devastadora del licor. Su llanto fue encontrado por una familia que lo acogió con bondad, pero el destino de Tintoa era una senda de soledad y anhelo insatisfecho.

Su infancia transcurrió entre burlas y ridiculizaciones, incapaz de atrapar siquiera un armadillo para ganar la aprobación de los otros niños. Aquel resentimiento, cultivado en el silencio de su soledad, creció en su corazón como una sombra que se adueñaba de sus pensamientos. Mientras los demás niños jugaban y reían, Tintoa soñaba con un amor que lo reivindicara, con un encuentro que ahuyentara para siempre la fría compañía de la tristeza.

Los años transcurrieron lentamente, llevando a Tintoa hacia la adultez. Se había convertido en un ayudante de tejedor, y la monotonía del trabajo trajo consigo una lejana paz. Pero su espíritu aún estaba prendido al recuerdo de unos ojos que iluminaban su camino como si Chía, la diosa de la luna, lo guiara entre la negrura de la noche. Súnuba era su nombre, una joven cuya belleza y bondad eran el relámpago que unía el cielo y la tierra en el corazón de Tintoa.

Un día, el altiplano fue testigo de una visita ilustre. Grandes señores llegaron con sus regalos resplandecientes en homenaje a un muy esperado enlace: Súnuba estaba prometida a un príncipe muisca, un poderoso cacique de tierras lejanas. El pueblo, en celebración, cantaba la belleza de la futura novia, pero Tintoa, al escuchar la noticia, sintió el peso de su mundo desmoronándose. Sin embargo, el destino, caprichoso como siempre, tenía otros planes.

Mientras todos festejaban, Tintoa caminaba bajo la luna llena, sus pensamientos sumidos en tormento. Fue en el jardín secreto del cacique, embriagado por el aroma del arrayán, donde se cruzaron sus caminos. Súnuba, una figura de blanco llorando en el silencio de la noche, era el reflejo de su desesperación. Su mutuo asombro no fue más intenso que la revelación compartida: un amor prohibido había florecido entre ellos, el canto de un ave que ignoraba las garras del jaguar que lo acechaban.

Decidieron encontrarse cada noche, creando un universo aparte donde ellos eran los únicos habitantes. Pero las estrellas, testigos de su juramento, sabían que este amor estaba destinado a enfrentar la ira de los dioses. La sombra del príncipe regresó, y con un corazón lleno de sabor amargo, Tintoa entendió que no podía vivir sin Súnuba.

El día de la boda llegó y tras el tumulto del casamiento, sus esperanzas fueron arrasadas por las crudas realidades de su destino. Consumido por el amor y el tormento, Tintoa, astuto, logró entrar al cercado y alcanzar a Súnuba. Su romance, aunque el eco de un lazo irrompible, se tornó pronto en un rumor. El tiempo, un implacable juez, iba a resolver su caso.

El cacique, envenenado por la traición y el licor, se enteró de los encuentros furtivos. Arrebatado por la ira, envió emisarios para capturar a los amantes. El pueblo, fiel a las leyes y a los dioses, exigía justicia. Tintoa y Súnuba intentaron huir hacia un futuro que les reclamara como propios, pero Chaquén, conocedor de su desafío, estaba decidido a imponer un castigo ejemplar.

Cuando Sua dejó paso a la noche y sobrevino el silencio lleno de presagios, los amantes, decididos a escapar una vez más, buscaron refugio en el sendero de Iza. Tintoa y Súnuba sabían que las leyes de los dioses chibchas prohibían la unión que ellos defendían con cada latido de sus corazones. A medida que cruzaban ríos y montes, el eco de su amor resonaba, desafiando la ira de aquellos que guardaban los secretos del equilibrio y el orden.

Pero su historia, nacida de la ternura y el sufrimiento, encontró un límite en la voluntad de los dioses. En las sombras del cerro de Vita, Chaquén y sus deidades decidieron intervenir, transformando a Súnuba en un junco llamado "fijiza", plantado eternamente cerca de las aguas de los pantanos, y a Tintoa en un carrizo o "sune", destinado a crecer en tierras secas, separados para nunca más consumar su amor.

El legendario sacrificio de los amantes quedó inscrito en el alma de la tierra, una lección grabada en los linderos de los campos, una advertencia eterna para los hijos del viento y los hijos del sol. Las aguas del pantano y los páramos narran, con sus murmullos perpetuos, la historia de un amor que desafió las leyes del mundo, un amor que se escribió en la naturaleza para nunca olvidar las lecciones de los dioses.

Historia

El origen del mito de Tintoa (o Tintoba) y Sunuba (o Súnuba) se encuentra en la mitología muisca, relacionada con las normas sociales y el orden establecido por las deidades. El mito describe cómo Tintoa, un joven, se enamoró de Sunuba, que estaba destinada a casarse con un poderoso cacique. En ambas versiones, Tintoa y Sunuba inician un romance prohibido, y al descubrirse, son castigados. Chaquén, deidad muisca encargada de mantener el orden, transforma a Sunuba en un junco llamado "fijiza" y a Tintoa en un carrizo o "sune", separándolos para siempre, como castigo por su amor prohibido. Así, los separa para asegurar que su unión no se consume, estableciendo un recordatorio de que los principios y normas deben ser respetados en las comunidades muiscas.

Versiones

Las dos versiones del mito de Tintoba y Súnuba, aunque comparten un núcleo narrativo similar, difieren significativamente en su profundidad, enfoque narrativo y elementos culturales integrados. La primera versión es extensa y detallada, enriqueciéndose con un trasfondo cultural y emocional profundo. Aquí, Tintoba es presentado como un personaje complejo, con un pasado lleno de soledad y una búsqueda constante de identidad y amor verdadero. Su relación con Súnuba se desarrolla a través de encuentros furtivos, y el relato se entrelaza con una rica descripción de rituales, simbolismos y la interacción con la naturaleza y deidades como Sua y Chaquén. Hay una atención considerable a la evolución emocional de los personajes y a los detalles de sus interacciones, lo que aporta un tono más introspectivo y trágico al mito. Además, se hace hincapié en el drama y consecuencias sociales en la comunidad, con descripciones que muestran el rechazo y el rumor que rodean su amor prohibido.

La segunda versión, por su parte, es más concisa y directa, con un enfoque claro en la transgresión moral y las consecuencias divinas de las acciones de los personajes. Aquí, Tintoa es descrito principalmente como un guerrero valiente, y el mito se centra más en el castigo divino impartido por Chaquén, quien toma un rol protagónico al convertirse en el agente ejecutor de la ley moral. La narrativa es más bien objetiva y se reduce al conflicto central y su resolución, sin explorar profundamente las emociones internas de los personajes ni el contexto cultural extenso. Así, mientras la primera versión explora los valores emocionales y comunitarios, la segunda se enfoca más en la representación moral y penal de la transgresión, subrayando la separación eterna de los amantes como un ejemplo claro del orden y las normas dentro de la sociedad muisca.

Lección

El amor prohibido puede desafiar las normas, pero las consecuencias son inevitables.

Similitudes

Se asemeja al mito de Orfeo y Eurídice en la mitología griega, donde el amor enfrenta fuerzas superiores que impiden su consumación.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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