En las estribaciones occidentales de la majestuosa mesa de Géridas, una tierra de nieblas perpetuas y ecos de antiguas leyendas, nacían cascadas que caían con brío sobre el mundo oculto de los guanes. Allí, entre las aguas tempestuosas y las sombras de milenarios acantilados, se encontraba la caverna del enigmático Muki, un duende que había definido su existencia como protector de un tesoro incalculable y un reino vedado a los destellos del sol y la codicia humana.
Muki no era un duende cualquiera. En su pasado, había sido un ángel exiliado del cielo, desterrado por su ambición y por no haberse alineado ni con la luz de Dios ni con las sombras del Diablo en su guerra eterna. Su castigo fue descender al mundo de los mortales, un exilio que él abrazó con extraña regocijo, pues había encontrado refugio en una caverna oculta tras una caída de agua que, como velo de cristal, mantenía a raya a los intrusos al ocultar su gloriosa morada.
La entrada al refugio de Muki solo se revelaba durante las épocas de sequía, cuando las aguas menguaban. Las aves ciegas y los reptiles desesperados por la humedad eran los únicos que se atrevían a enfrentar las tinieblas de su guarida, mientras que el duende, con las ciegas notas de su tiple, hechizaba a las doncellas solteras para que lo siguieran al interior. Eran épocas en las que los pueblos indígenas, que titubeaban entre la frontera de lo onírico y lo real, confiaban sus ofrendas al "Muki", su divinidad menor, suplicante del cuidado de sus antepasados y de la prosperidad de sus hogares.
Los filones de oro, las esmeraldas y los secretos de la tierra que Muki resguardaba eran superficiales comparados con el respeto que los indígenas le profesaban. El cacique de los guanes visitaba la piedra de sacrificios, arrojando joyas y objetos ceremoniales con la esperanza de mantener la benevolencia de la entidad etérea. El duende, en su soledad, disfrutaba de su fama y mantenía su distancia del drama humano, hasta que lo imposible sopló una ráfaga de cambio con la llegada de los hombres come oro, cuya avidez por el metal brillante no conocía límites.
Estos hombres de cabello dorado y pieles pálidas, forasteros que invocaban tormentas de fuego con sus armas, guiados por los sufridos indígenas, comenzaron a cruzar las fronteras de su reino. Con cada golpe de sus picos y espadas, más se acercaban al sanctasanctórum del Muki, obligándolo a dejar de lado su benevolencia y a luchar para proteger lo que siempre había sido suyo.
En una de aquellas hazañas, el duende provocó una avalancha al romper el dique que controlaba el salto, purgando a los invasores en un torrente implacable. Pero cada acto de defensa también significaba sacrificar parte de su propio corazón; las tumbas sagradas caían en manos de los invasores, y las ofrendas de antaño se transformaban en llanto.
La tierra de sus ancestros gemía bajo las pisadas de estos intrusos y, al borde del abismo de la desesperación, Muki presenció la transformación de su mundo. Lo que una vez fueron místicas colinas se convirtieron en silenciosos testimonios de mestizaje y dolor, mientras nacían niños mestizos, con ojos que reflejaban historias de una doble herencia y un futuro incierto.
El paso del tiempo fue cruel con Muki. La tala de árboles drásticamente disminuyó el caudal de las cascadas, y con cada desaparición de un árbol, su conexión con el mundo de arriba se desvanecía. Las campanas de guerra resonaban sin cesar, y la discordia se filtraba incluso en los intersticios de su cueva, donde las brujas blancas y los seres oscuros se daban cita en ceremonias profanas sobre la piedra de sacrificios. Mientras tanto, los suicidios y sacrificios desde lo alto del salto continuaban, perpetuando el ciclo de ofrendas humanas y una espiral de pérdidas.
Incluso en su resignación, Muki deseaba recuperar las risas juveniles y las notas de tiple que algún día habían llenado sus oídos. Las mujeres de los alrededores demandaban liberación de su travieso acoso; y en respuesta, la comunidad humana, con un toque de ironía, decidió enfrentar al duende con música. Así se alzaban los acordes de violines y guitarras bajo la luz del atardecer, y la música andina convirtió el "Salto del duende" en un vibrante escenario cultural que calmaba el alma del enano ensombrerado.
Para sellar al duende en su mundo y aplacar su influencia, se decidió erigir un monasterio en la cima del salto. Sin embargo, Muki, siguiendo la sabiduría de sus hermanos de Irlanda, saboteó las construcciones con manos invisibles. Cuando el monasterio finalmente se levantó, no fue convento ni hospicio, sino una ruina florecida en la que nacieron huertos y la esperanza de una escuela rural: "La Escuela de El Duende". Allí, en un ballet diario de sol y sombras, los niños crecieron cantando canciones que nunca mencionaron el nombre del duende.
Así, en el tenue equilibrio entre leyenda y realidad que Muki había tejido a lo largo de los siglos, selló su destino, atrapado en una prisión de su propia creación. Condenado a contemplar el lento desmontaje de su mundo desde las cavidades de su corazón rocoso, su existencia se convirtió en un cuento murmurado por los niños que miraban la caída del agua durante el crepúsculo, y el mito del tesoro perdido perduró, inmortal en la niebla de las montañas de Géridas.
Historia
El origen del mito del duende en la cascada y cañón que formaba la quebrada el Roble está relacionado con la figura de un ángel caído. Este ángel, quien había sido un arpista celestial, fue expulsado del cielo debido a su envidia, codicia y ambigüedad, ya que no apoyaba ni a Dios ni al Diablo. Como castigo, fue condenado a vivir como un duende en la caverna oculta bajo una inaccesible caída de agua, donde se dedicaba a custodiar filones de oro y tesoros dorados acumulados durante siglos. La caverna era venerada por los pueblos indígenas de la región, quienes consideraban al duende un Muki (una divinidad menor) y le entregaban ofrendas de oro y piedras preciosas para que cuidara de sus muertos y garantizara la seguridad de sus hogares. Con la llegada de los conquistadores europeos, quienes buscaban oro en el territorio, el duende se vio obligado a defender su caverna y tesoros. La intervención violenta del Muki provocó eventos naturales como avalanchas y desprendimientos de rocas para proteger su dominio. El mito también incluye elementos de interacción con humanos, ya que el Muki encantaba a doncellas solteras y atormentaba a quienes intentaban apropiarse de sus riquezas. Otros relatos sobre el duende mencionan a un cazador que descubrió la caverna y fue capturado, lo que llevó a que el duende se encerrara por completo, sellando la entrada al tesoro. La leyenda se perpetúa como un relato transmitido de generación en generación, divirtiendo a quienes la escuchan por primera vez.
Versiones
En el mito de "El salto", se presenta la historia de un duende llamado Muki que habita una cueva repleta de tesoros en las estribaciones de una cascada, un relato que explora la interacción entre lo mágico y lo humano. La primera parte del mito enfatiza la relación entre Muki y los pueblos indígenas, quienes le reverenciaban como un protector menor, ofrendándole oro y joyas. Este relato sugiere un tiempo de equilibrio entre humanos y el duende, hasta la llegada de los colonizadores europeos. Aquí, Muki se convierte en una figura defensora contra la avaricia extranjera, desatando una devastadora retaliación contra los intrusos en un intento de preservar su santuario y los tesoros que es custodia. Este relato establece a Muki como un ser en conflicto con los humanos debido a su condición como un ser entre el mundo celestial y el mortal, un exiliado del paraíso por no tomar partido en la batalla cósmica entre el bien y el mal.
En contraste, la segunda parte del mito se enfoca en las interacciones contemporáneas de Muki con su entorno y su posterior conflicto con un cazador que descubre, accidentalmente, la entrada a su cueva. Esta versión traslada el énfasis del papel celestial de Muki al de un guardián secreto de un tesoro, delimitado por su ambigüedad moral y su relación tumultuosa con los humanos. Se insinúa que Muki mantiene cautivos a aquellos que logran entrar a su dominio, transformando a doncellas en objetos preciosos y condenando a los intrusos a vagar por su laberinto subterráneo. Además, mientras las visiones modernas del mundo intentan suprimir su narrativa, el mito se mantiene vivo entre los locales a través de una institución educativa que evoca la presencia de Muki de manera metafórica. La leyenda evoluciona hacia un relato sobre el poder del tiempo y la memoria colectiva, reflejando la lucha entre la amnesia cultural inducida por el progreso y el arraigo de las historias regionales.
Lección
La codicia y la ambición pueden llevar a la pérdida de lo más valioso.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de las sirenas que atraen a los hombres con su canto, y al mito nórdico de los enanos que custodian tesoros en las montañas.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



