En un rincón del mundo donde la tierra abrazaba al cielo con la imponente fuerza de montañas y valles, vivían los antiguos pueblos del Tolima y Huila, cuyos destinos estaban entrelazados con la magia de sus creencias. Los pijaos, coyaimas y natagaimas de las ásperas sierras y fértiles valles, respetaban al hombre más que a cualquier astro, y en su percepción, esa conexión con lo divino era tan palpable como el viento silbando entre las hojas.
Para ellos, la eternidad no se trazaba en la línea del tiempo ni en la órbita de los astros, sino en los latidos de aquellos que dejaban la vida tras de sí. Creían que el hombre que moría inocente ascendía a una divinidad que trascendía las fronteras de lo terreno, convirtiéndose en un dios dispuesto a proteger a quien le había arrebatado la vida, extendiendo su manto protector también sobre la familia del matador, pero no más allá. En esta distorsión mística del sacrificio, no era el verdugo un villano, sino un agente en el ciclo constante de transformación divina.
Los guerros tolimenses, entonces, emprendían la búsqueda con resolución férrea; no era el triunfo en la batalla lo que les motivaba, sino el hallazgo de un alma pura que garantizase su conexión con lo divino. Ponían trampas con picardía, no para enemigos o malhechores, sino para aquellos inofensivos, los que caminaban con la paz en los ojos y la inocencia en el corazón. Así, amigos, mujeres de sonrisa cándida y niños de mirada limpia, y hasta los caminantes que cruzaban sus sendas, se convertían en el umbral hacia una protección celestial.
Pero como en todo cuento de la vida, el dolor se mezclaba con costumbre, pues al llegar el plazo designado por las Lunas, la conexión con su dios se disolvía como la niebla al amanecer. Y era entonces necesario, como el pasar inevitable de las estaciones, encontrar una nueva víctima, un nuevo vehículo hacia lo celestial.
Mientras tanto, en la lejana tierra de Tunja, los laches vivían en un universo donde lo humano y lo pétreo eran distintos matices de la misma esencia. Para ellos, las piedras no eran simples guardianas del silencio del mundo, sino almas atrapadas en la quietud, testigos silenciosos de lo eterno transformado en carne. Creían que, al morir, cada hombre se convertía en roca, durmiendo en la espera del día en que el ciclo cambiaría su semblante mineral por la calidez de la carne y el susurro del aliento.
Adoraban además su propia sombra, esa sinfonía oscura que aparece con la luz del día, viéndola como un regalo del Sol, el gran dios que gobernaba sus vidas y caminos. Para los laches, cada paso estaba acompañado de su dios sombrío, una presencia tranquila y constante, una promesa de divinidad siempre presente. No había miedo en ellos de que les persiguiera su “mala sombra”, pues en tanto el Sol los iluminara, su sombra, como la esencia misma de sus dioses, siempre estaría a su lado.
Así, entre sacrificios de almas puras y el susurro inmortal de las piedras, la tierra colombiana albergaba mitos de un color tan intenso como las plumas de un ave exótica, nutriendo el suelo fértil que daría frutos de historias y misterios. En su hebra espiritual, esos relatos continuarían embelleciendo las noches estrelladas, como un lienzo entretejido con las hebras de la eternidad y lo efímero, lo visible y lo espiritual.
Historia
El origen del mito se basa en las creencias sobre la inmortalidad del alma en diversas culturas prehistóricas de América, especialmente las de Colombia. Estas culturas tenían prácticas únicas relacionadas con la divinización de los humanos. Por ejemplo, los pueblos del Tolima y Huila, como los pijaos, coyaimas y natagaimas, creían que un hombre asesinado inocentemente se convertía en un dios que protegía al asesino y su familia. Se preocupaban por seleccionar a un dios protector, que debía ser una persona inocente. Además, los laches de Tunja adoraban piedras, creyendo que eran hombres convertidos y que en algún momento se transformarían de nuevo en humanos. También veneraban sus sombras, considerándolas un regalo del Sol, el dios más grande.
Versiones
El texto presenta dos versiones contrastantes del mito de la inmortalidad y la divinización de los humanos en antiguas culturas indígenas de Colombia. La primera versión describe la práctica de algunos pueblos del Tolima y Huila, como los pijaos, coyaimas y natagaimas, que creían en la divinización del ser humano tras la muerte si éste era inocente. Este sistema de creencias llevaba a estos pueblos a asesinar individuos específicos para adquirir un "dios protector," que únicamente favorecía a quienes le habían dado muerte, incluyendo sus familias, mientras imponían un límite temporal a esta divinidad humana que los obligaba a buscar nuevas víctimas cíclicamente. Este relato refleja una combinación de la exaltación del alma inmortal y una distorsión de la ética de pureza, alineándose, aunque de manera retorcida, con frases cristianas como "Bienaventurados los puros de corazón."
La segunda versión, ubicada en la antigua provincia de Tunja y centrada en los laches, adopta una perspectiva diferente, venerando piedras y sombras como manifestaciones o regalos del Sol, el mayor de sus dioses. Los laches creían que las piedras eran antiguos humanos y que éstos al morir se transformaban nuevamente en hombres, en un ciclo de vida y reencarnación distinto al concepto de divinización permanente. Además, otorgaban un valor sagrado a su sombra personal, percibiéndola como una dádiva divina siempre presente bajo la luz solar. A diferencia de los guerreros del Tolima y Huila, los laches abrazaban una adoración menos violenta y más simbólica, centrada en elementos naturales y propias proyecciones. Ambas versiones ilustran cómo distintas sociedades moldeaban sus creencias sobre la inmortalidad en respuesta a sus contextos culturales y necesidades espirituales, pero divergen en sus prácticas y formas de adoración, desde el sacrificio humano con connotaciones temporales hasta la veneración de la naturaleza y las sombras.
Lección
La pureza y la conexión con lo divino trascienden la muerte.
Similitudes
Se asemeja a los mitos griegos de transformación y divinización, como el de Narciso que se convierte en una flor, o las creencias egipcias sobre la vida después de la muerte.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



