De frente al sol

Andina · Mestizo

De frente al sol

Otero D’Costa imagina la defensa de una encomienda de Chinchiná y convierte la muerte de Rodrigo en emblema de honor colonial.

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El relato

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Todavía asoman, en un recodo de Playa Rica, los restos del caserón que fue de la encomienda de Chinchiná. Allí esperaba don Fernán López de Sandoval una madrugada de agosto de 1592.

El viejo encomendero iba y venía por el corredor con el sayo de armas puesto, y las espuelas le sonaban a cada paso. Afuera acechaban los vigías; del oratorio salían rezos lentos. Un muchacho indígena llegó corriendo: la escucha del río oía ruido de gente que se acercaba. Don Fernán llamó a gritos a Antón Dávalos, el administrador, y éste le juró que estaban listos.

A lo lejos, la escucha dio el alto. «¡Consota y al Rey!», respondieron, y una voz altanera añadió que el paso no lo pide quien lo toma. Don Fernán sonrió. Era el socorro de don Diego de Aguilar, señor de Consota, y llegaba a tiempo: la víspera, los espías habían visto a los pijaos trasponiendo las lomas de Corozal.

Entraron en orden. Primero don Diego, con lanza y adarga de cuero de danta. Luego García de Cáceres, con veinticinco labradores indios armados de flechas y macanas. Después el mosquetero Leandro Estopiñán, capataz de veinte negros mineros. Y cerrando la marcha, en un alazán nervioso, don Rodrigo de Aguilar, primogénito de don Diego, que apenas cumplía veinte años, al frente de ocho vaqueros con lanzas.

Los indios de ambas encomiendas, quimbayas todos, se juntaron con los negros en el tambo, donde se aderezaba una novilla y se doraban arepas en las callanas, junto a una olla de chingua. Los blancos aguardaban el desayuno en la sala.

Entonces sonó la alarma. Fotutos, caracoles, alaridos: los pijaos estaban en el campo. Blancos, indios y africanos salieron a una, vadearon el río y se trabaron con el enemigo. Al principio ningún arcabuz fallaba. Pronto el agua del Chinchiná bajó roja.

Luego la pelea se torció. Don Fernán cayó herido en una pierna; García de Cáceres murió de un tajo de macana; a Estopiñán lo sacó de combate un lanzazo bajo el brazal. Del escuadrón de don Rodrigo quedaban tres jinetes. Los negros se desbandaron. Sólo cabía volver a la casona.

Don Diego improvisó unas andas para el herido. Dávalos le rogó a don Rodrigo que huyeran, que era hora de fiarse más de los pies que de las manos. El joven contestó que el amo se salvaría, pero la honra no. Dávalos le suplicó al menos que dieran la cara, porque de espaldas no llegarían vivos.

Don Rodrigo no pensaba dar la espalda. Retrocedió de frente, palmo a palmo, cuando ya se veían los techos de la casa. Un dardo le entró en el pecho y le partió el corazón. Murió en el acto.

Una escolta salida de la casona cubrió la retirada, y los pijaos, viendo que aquellos muros no se tomaban fácil, se marcharon.

El muchacho quedó tendido en mitad de la sala, con el dardo clavado todavía. Su padre no lloró. Cruzó los brazos y llamó a don Fernán, a Dávalos, a todos: que vinieran a mirar la herida, que nadie diría jamás que había caído huyendo. Era un Aguilar, como las águilas que miran de frente al sol.

Las gentes del valle de Cartago cantaban después un romance viejo: el capitán yace boca abajo, y quien quiera verle las heridas tendrá que voltearlo y buscarlas en el pecho, porque el muerto es de la casa de Aguilar.

De frente al sol: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una muerte en combate puede leerse por el lugar de la herida más que por el resultado de la batalla.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.9825° · -75.6036°

Ficha del relato

Contexto histórico

En la antología quiteña que Eugenia Villa Posse preparó para el Instituto Andino de Artes Populares, tomo segundo, esta pieza ocupa los folios 17 a 21 de la sección «Varias regiones», dentro del bloque que la compiladora toma del libro Leyendas de Enrique Otero D'Costa, impreso por Minerva en Bogotá en 1936 para la Biblioteca Aldeana de Colombia. Allí lleva una dedicatoria: «Para Aquilino Villegas, castellano de Playa Rica», el mismo paraje donde el narrador sitúa las ruinas de la encomienda.

El cuento no nació en 1936. Daniel Mauricio Preciado Camargo, en su trabajo de grado sobre la obra del autor en la Universidad del Rosario, copia el pasaje del desayuno de quimbayas y negros en el tambo y lo remite a la página 131 de Historietas. Leyendas y tradiciones colombianas, el tomo que la casa de Arturo Zapata sacó en Manizales en 1934. La ciudad no es casual. Otero vivía allí a finales de la década de 1910, se sentó en su concejo y dirigió el Archivo Historial de Manizales, y Chinchiná queda a un paso.

Hubo una tercera impresión, póstuma. La Revista Universidad Pontificia Bolivariana, volumen 27, número 95, abre con este texto un grupo de seis «Leyendas» del autor, entre las páginas 55 y 58, y en una nota lo despide como historiador recién muerto, de «maravillosa erudición». Esa impresión trae entero el romance del cierre, diez octosílabos que el narrador pone en boca de «las buenas gentes del valle de Cartago».

Quien habla es el propio autor, plantado ante unos muros caídos: «Uno pienso relatar ahora, antes de que le devore la carcoma del olvido». Villa Posse advierte que Otero oyó muchas de sus leyendas a campesinos y las «elabora» para darles forma literaria. Aquí la elaboración pesa más que lo oído: nombres de encomenderos, número de flecheros y mineros, la hora del ataque. El romance es lo único que el texto atribuye a boca ajena.

Resonancias con otros mitos

El gesto de don Diego tiene un antecedente clásico muy preciso. Entre los dichos de mujeres espartanas que Plutarco reunió en sus Moralia hay uno en que una madre, al saber que su hijo murió en la línea de combate, pide que lo entierren y que en su lugar ocupe el puesto el hermano; en otros se juzga al caído por si volvió o no la espalda. La honra del muerto, allí también, se decide mirando cómo cayó y no si se ganó.

El segundo paralelo está en la épica francesa. En la Chanson de Roland, el sobrino de Carlomagno, moribundo en Roncesvalles, se tiende bajo un pino con la cabeza vuelta hacia los sarracenos, para que el emperador y los suyos digan que murió como conquistador. Como don Rodrigo, Roland muere en una retaguardia que se retira, y como él cuida que el cuerpo mire hacia el enemigo. El romance del valle de Cartago lleva la idea un paso más allá: quien quiera ver las heridas del capitán tendrá que dar vuelta al cadáver, porque todas están en el pecho.

Dentro de la obra del mismo autor, «In illo tempore» mide el honor de otro caballero de la región por lo contrario, por haber cambiado de bando.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Las impresiones que pueden leerse dicen lo mismo con pequeñas diferencias de taller. La de 1993 compone «poner a saldo a don Fernán» donde la revista de 1964 dice «a salvo», escribe «Fenán» una vez y rebaja a minúscula el apellido en la pregunta «¿Volver la espalda al enemigo un aguilar?». La revista, en cambio, se come letras en la batalla y deja rastros de otro alfabeto en «la gloria de la casta». Ninguna de esas variantes toca la trama. La dedicatoria a Aquilino Villegas figura en la antología quiteña y no en la revista medellinense.

  2. Lo que sí cambia es la etiqueta que cada editor pone al mismo texto. Villa Posse lo presenta dentro de un conjunto de leyendas regionales que su autor escuchó y reelaboró. La revista de 1964 lo llama crónica sobre temas coloniales. Preciado Camargo lo lee como historiografía de la vida diaria: le interesa menos la muerte del joven que el desayuno del tambo, porque allí ve a indios y africanos como sujetos con costumbres propias y no como fondo de la hazaña. Las tres lecturas conviven porque el cuento mezcla las tres cosas.

  3. El texto tiene su propia duplicidad. Los pijaos aparecen como horda y como «valientes guerreros cauchumas del Quindío, que tanto y tanto desazonaron al colono español», en la misma frase. Y la batalla se gana y se pierde a la vez: los atacantes se retiran porque la casona es difícil de tomar, pero el campo cristiano se ha desbandado. El padre convierte esa derrota en victoria mirando dónde entró el dardo, y el romance viejo repite el mismo gesto con otras palabras.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Caldas · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II

    flacso.edu.ec

    Texto del cuento de Enrique Otero D'Costa, de sus Leyendas (Minerva, 1936), en la sección 17 «Varias regiones», pp. 17-21, con la dedicatoria a Aquilino Villegas.

  2. Leyendas

    revistas.upb.edu.co

    Tercera impresión del cuento, póstuma, que abre el grupo de seis «Leyendas» del autor (pp. 55-58) y trae entero el romance final.

  3. Hacia una nueva comprensión de la historiografía colombiana: breve historia intelectual de Enrique Otero D'Costa (1883-1964)

    repository.urosario.edu.co

    Estudio de la obra de Otero D'Costa que copia el pasaje del desayuno del tambo y lo remite a Historietas. Leyendas y tradiciones colombianas (Manizales, 1934), p. 131.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. La colección de Enrique Otero D'Costa

    banrepcultural.org

    Presenta a Enrique Otero D'Costa como historiador y coleccionista de documentos coloniales, el oficio desde el que escribe sus leyendas.

  2. Sayings of Spartan Women (Moralia)

    penelope.uchicago.edu

    Reúne el dicho de la madre espartana que, al saber que su hijo cayó en su puesto, pide que lo entierren y que su hermano ocupe el lugar (n.º 20), el paralelo de Similitudes.

  3. The Song of Roland

    gutenberg.org

    El Roland moribundo que se tiende bajo un pino con la cara vuelta hacia el enemigo, el segundo paralelo de Similitudes.

Voces de la comunidad

Conversación

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«De frente al sol» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «De frente al sol» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «De frente al sol» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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