AndinaMestizoparroquiano

Cuento fantástico

Un hombre anónimo enfrenta sombras en Piedecuesta, hallando libertad en un río que no es ni río ni oro, sino historias antiguas.

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Ilustración de Cuento fantástico

En el polvo dorado de Piedecuesta, una brisa antigua revolvió la memoria de un día cualquiera donde las callejuelas parecían rumores de un pasado que nunca había sido y que, sin embargo, persistían en hacerse presentes. El parroquiano, un hombre cuyo nombre se había perdido en la bruma del tiempo, cruzaba con paso lento la Calle Diez. Su caminar era una danza silenciosa con el adoquín, un diálogo íntimo con el retumbar de los pasos que, cada tanto, se hacían eco en la bruma de su mente.

Sin haberlo decidido, su destino aquella tarde había sido cruzarse con tres sombras que lo observaban a distancia, tres espectros de intenciones nubladas que imitaban, sin saber por qué, cada paso que él daba. Los rostros adolescentes de los perseguidores, contra la luz ámbar del sol que se zambullía entre las montañas, se alargaban grotescamente, como figuras que buscaban desgarrarse de sí mismas en busca de algo más.

Ante aquellos ojos que parecían atravesarlo, el hombre sintió la urgencia de cambiar su rumbo, como si el simple acto de avanzar pudiera exorcizar las sombras que lo convocaban. Al pasar por el monasterio de Las Clarisas, esa casa sagrada donde el silencio era una melodía polifónica, decidió torcer a la derecha, sin saber si aquel giro era un juego del destino o una simple estrategia de escape. Sin embargo, al mirar de nuevo, las sombras continuaban.

Una inquietud nació en su pecho, una criatura de mil patas que subía por su garganta, obligándolo a acelerar el paso. Desviándose hacia el viejo chasis, una estructura olvidada por el tiempo, y avanzando hacia el Río de Oro que, en verdad, no era río ni oro, sino un cauce atrapado entre un nombre y una realidad sin destino. Era un río que enviaba ojos dorados hacia el cielo en sus reflejos, contando secretos a nadie en particular.

El hombre volteó para confirmar lo que ya sabía; las figuras continuaban acercándose, ahora más audaces, con la velocidad que da la certeza de una certeza inminente. Fue entonces que el nombre del río murmuró una respuesta en su oído, y como quien recuerda un sueño al despertar, una idea se dibujó clara en su mente. Sin detenerse, se sumergió en sus aguas, su cuerpo convertido en una extensión del río mismo, sus pies envueltos en tenis marca Tiburón que parecían haber sido creados para caminar sobre aquel lecho de piedras resbaladizas.

El agua se convirtió en un cúmulo de chispas, salpicando luz alrededor de los cuerpos como si se tratara de ciervos de cristal danzando a través de la corriente. A lo lejos, el hombre pudo sentir como las sombras se metían tras él, los tres duplicados insensatos que el río de repente transformó en niños chapoteando, una ironía que arrancó sonrisas de los iris escondidos en los sauces.

Más de un cuarto de hora se hizo delgado en el tiempo, un estiramiento del ahora que lo trajo, casi sin darse cuenta, a una vulnerabilidad mayor. Casi acariciado en la espalda por la mano invisible de sus perseguidores, la conciencia del peligro lo llenó de una blancura espectral. Y entonces, más rápido que una plegaria, recordó el peso familiar que yacía en su bolsillo derecho, una navaja de marca campana, una herramienta con la que podía tallar la realidad.

Con la urgencia de quien reclama sus derechos al destino, la navaja fue desenvainada, el frío de su metal un clarín ante la inminente amenaza. Se apartó hacia la ribera con un vigor que no sabía que poseía, y con un gesto que era parte magia, parte acero, cortó las aguas del mitológico río.

Aquella incisión no era para evitar que el agua lo hiciera desaparecer, sino para sellar un pacto con lo indivisible del momento. Las aguas se ondularon hacia atrás, una risa líquida que arrastró a los perseguidores corriente abajo mientras golpeaban las piedras con un son que sólo el río conocía. Así, castigados por sus intenciones ocultas, fueron llevados a los confines de la leyenda, convirtiéndose en parte de un relato que la bruma nunca terminaría de contar.

El hombre, ahora libre, caminó fuera del río, la humedad plena de sus ropas arrancando destellos ochentosos entre las sombras de la tarde. Y así quedó el parroquiano, una figura más en la marea de relatos de Piedecuesta, enredado para siempre con el río que ni es río ni es oro, sino un puñado de historias viejas que, a veces, nos devuelven una parte de nosotros mismos.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

Dado que sólo se presenta una única versión del mito, el análisis comparativo entre diferentes versiones no es posible. Sin embargo, se pueden examinar algunos elementos destacados de este relato que podrían variar en otras versiones del mismo mito. Por ejemplo, aspectos como la motivación de los tres perseguidores, el entorno físico detallado y cómo se maneja la tensión durante la persecución podrían alterarse en diferentes narraciones. Es común en los mitos ver cambios en la ambientación o en la resolución del conflicto: en una versión alternativa, el protagonista podría encontrar un ingenioso camino de escape o recibir ayuda de una figura sobrenatural, lo que no ocurre aquí donde todo el desenlace depende de la habilidad y resolución del protagonista humano.

Además, el mito podría variar en el simbolismo y la moraleja trasmitida. En esta historia, el uso de una navaja y la interacción singular con el río presentan un desenlace que resalta la inteligencia y la capacidad de supervivencia del personaje principal. No obstante, en otra versión, el río mismo podría cobrar una connotación mágica o salvadora, sugiriendo que es una fuerza natural la que protege al protagonista. La representación de estos elementos narrativos, como el grado de realismo o misticismo del río y la intervención de objetos mundanos como la navaja, podría verse alterada para enfatizar también diferentes mensajes morales o culturales en función de las intenciones del narrador o del contexto cultural donde se cuente la historia.

Lección

La inteligencia y la resolución personal pueden superar obstáculos aparentemente insuperables.

Similitudes

Este mito se asemeja a las historias griegas de transformación y escape, como las de Orfeo y Eurídice, donde el entorno natural juega un papel crucial.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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