AndinaKatíosCosté

Coste

Los seres demoníacos conocidos como los Costé eran únicos poseedores del oro, representando un peligro constante para los indios de la región.

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Ilustración de Coste

En un tiempo remoto, cuando la tierra no conocía fronteras ni limitaciones, el bosque susurraba sus secretos a quienes sabían escuchar. En el corazón de los espesos bosques, donde las nubes descenderían para bailar con la niebla, vivían los Costé, seres mitad diablo y mitad misterio, forjados de oro y poseedores de un poder más brillante y tentador que el mismo sol. Se decía que solo al contemplarlos, uno podía entender el poder y el deseo en su forma más pura y peligrosa.

Cada Costé era único, un enigma dorado que acechaba entre las sombras de los árboles altos. La gente de los pueblos vecinos sabía bien que el bosque no era un lugar de aventura, sino un lugar de respeto y temor. Sin embargo, a menudo desaparecían los jóvenes más valientes del pueblo; algunos, impulsados por la ambición del oro, otros, por simples rumores de gloria.

Una vez, diez valientes indios, guiados por el deseo de liberar a su gente de aquel temido ser, entraron en la profundidad del verde mar arbóreo. Costé, con su astucia y poder, apareció ante ellos como una sombra que danza en las llamas. Su abrazo mortal separó la cabeza del líder de su cuerpo, dejando caer su dorado cráneo al suelo. Desesperados y furiosos, los restantes indios lanzaron sus armas con un coraje ciego, pero parecían juguetes ante la invulnerable diablura de oro.

Sin embargo, en la tribu había uno de pensamiento agudo, un joven que sabía que el enemigo debe ser entendido antes de ser enfrentado. Recordando viejas historias que sus ancianos contaban, él apuntó sus flechas no al cuerpo reluciente, sino a los ojos del Costé, pues siempre el alma es vencida por la mirada. Y así, el primer Costé cayó, derrotado por la verdad de que incluso el oro puede ser cegado.

La victoria les otorgó una breve pausa, donde los indios creyeron que habían apaciguado el hambre de la selva. Pero el silencio nunca es eterno. Fue así que cuando tres jóvenes se adentraron para cazar, nunca regresaron. La tierra, como una madre melancólica, murmulló su dolor, y veinte fueron a descubrir el destino de sus compañeros.

Lo que encontraron fue doloroso como el mordisco del amanecer: el segundo Costé había emergido, y cinco más se habían sacrificado en una lucha desesperada. Este nuevo Costé era más astuto, su corazón latía no en su pecho, sino escondido en un rincón insospechado: el pulgar del pie izquierdo. Sólo habiendo comprendido esta extraña verdad, lograron, con sacrificios dispersos como hojas en otoño, arrancar su hálito de vida.

Creyéndose liberados, los indios retornaron una vez más a sus rutinas, pero el destino les reservaba otra danza con el dorado espectro. En la niebla matutina, encontraron al tercer Costé en la cueva de una montaña. Él, feroz como una tormenta, cayó sólo cuando las flechas encontraron sus ojos, cada punta un reflejo de caída de un astro. Quemaron su cuerpo hasta que el olor a ceniza llenó el aire y la luz quemante rasgó el cielo, pero el universo aún no había contado la última palabra de este cuento.

Del fuego emergió el cuarto Costé, transfigurado en la forma de cuatro tigres, cada uno representando un fragmento de su fuerza. La caza por la justicia fue ardua y implacable; dos tigres fueron abatidos, pero los otros engañaron al tiempo al fugarse más allá del alcance de cualquier hombre.

El aura mágica, tanto del bosque como de los Costé, se entrelazó en un destino confuso y complejo. En una noche sin luna, mientras el viento seco aullaba como un lobo hambriento, uno de los tigres se transformó en madre y, bajo las copas de un gran árbol comba, trajo al mundo dos chiquillos tigrescos. Los indios, creyendo que domar las crías traería paz, las llevaron consigo, sin saber que intrigaban con un destino que el silencio mismo había tejido.

A medida que los jóvenes crecieron, su esencia del Costé renació en sus almas. Un día, cuando el horizonte se tiñó de un rojo imposible, escaparon hacia el inmortal bosque, eternamente libres, eternamente misteriosos. Desde entonces, los vientos del crepúsculo susurran la leyenda de Costé y sus dorados retazos, recordando a todos que el oro verdadero reside, al final de todo, en las historias que dan vida y luz al mundo.

Historia

El mito tiene su origen en la historia de unos seres demoníacos conocidos como los Costé, quienes eran únicos poseedores del oro. Estos seres representaban un peligro constante para los indios de la región, quienes a menudo desaparecían, víctimas de los Costé. En un esfuerzo por terminar con esta amenaza, un grupo de indios realizó expediciones para enfrentar a los Costé. A través de ingeniosas tácticas, como apuntar a los ojos, lograron derrotar a varios de ellos, aunque no sin dificultades, ya que los Costé tenían características sobrenaturales, como tener el corazón ubicado en lugares no convencionales, lo que dificultaba su derrota. A pesar de las continuas victorias parciales sobre los Costé, su legado persistía mediante transformaciones y descendencias, sugiriendo que el peligro nunca desaparecía por completo, simbolizado en las transformaciones de los Costé en tigres y su posterior prole que escapó al monte.

Versiones

El mito de Costé presenta una interesante progresión en sus distintas iteraciones a través de las generaciones. La narrativa comienza con un primer Costé, un ser invulnerable cuya única vulnerabilidad son sus ojos, que finalmente permite a los indios derrotarlo. Esta característica se mantiene constante en las apariciones subsecuentes de Costé, indicando un patrón de dificultad inicial seguido por el descubrimiento de una debilidad crucial. Sin embargo, se introduce una complejidad adicional con el Costé-segundo, cuyo corazón reside inusualmente en el dedo pulgar del pie izquierdo, aumentando así la dificultad y añadiendo un componente único a su derrota. Este giro en la trama subraya un aumento en la sofisticación de los desafíos que enfrentan los indios a medida que el mito evoluciona.

Con el paso del tiempo, la repetición del encuentro con varios Costés culmina en una transformación significativa con Costé-cuarto, quien adquiere la habilidad de dividirse en cuatro tigres, añadiendo así una nueva capa de amenaza al mito. Esta transformación reduce la antropomorfización directa, trasladando el miedo de una figura única a múltiples entidades animales. Además, la narrativa final del mito deja abierta la historia con los tigrecitos escapándose, lo que introduce un elemento de incertidumbre continua y la posibilidad de un retorno, manteniendo el mito vivo y propenso a futuras transformaciones. La progresión del mito no sólo refleja un esquema cíclico de confrontación y resolución, sino que también sugiere una complejidad creciente en las amenazas y estrategias, simbolizando posiblemente un aumento en la conciencia y las habilidades adaptativas de la comunidad narradora.

Lección

El verdadero poder reside en el conocimiento y la comprensión.

Similitudes

Se asemeja a mitos griegos como el de Medusa con su vulnerabilidad en los ojos y a historias nórdicas de seres cambiantes.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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