En un rincón perdido de la vasta tierra, donde los susurros del viento se mezclaban con los secretos de la selva, vivía un Conejo astuto y renombrado por su habilidad para escabullirse de cualquier trampa. Para él, la vida era un festín, y la tierra un bufete interminable de delicias. Pero más allá de los árboles, sobre un campo prolífico de hojas verdes, un hombre cultivaba con esmero sus maizales, patillas, yucas y demás frutos de la tierra. Sin embargo, el hombre había sido despojado una y otra vez por las visitas nocturnas de Conejo, cuya voracidad metódica arruinaba sus cosechas.
Desesperado, el hombre decidió que era hora de cambiar de táctica. Así que, una noche, mientras la luna brillaba con un destello argénteo y bañaba los sembradíos con magia silente, una idea resplandeció en su mente como una luciérnaga. Decidió confeccionar una mona de cera, infundiendo en ella suavidad y encanto al estilo de las antiguas hadas del bosque. Una mujer bien bonita, de talle generoso y sonrisa enigmática, tan vivaz que hasta el rocío mañanero parecía cobrar vida al posarse sobre ella.
Sabiendo la debilidad de Conejo por el trago ocasional, llevó con astucia su creación donde él solía frecuentar: la taberna al pie de la colina. La mona de cera aguardaba con fría paciencia, tan real que el brillo del día parecía insuflarle calor. No pasó mucho tiempo antes de que Conejo, con su paso ágil y mirada pícara, hiciera su entrada. Reconoció a su compañera de cantina, pero percibió también el nuevo y cautivador rostro. Tras algunos tragos que caldeaban el ánimo de Conejo, se acercó a la dama en busca de conversación.
"¿Tú qué miras tanto? ¿Me has visto cara de qué?", le preguntó Conejo con la osadía que solo el licor despierta. Mas la figura de cera permaneció en silencio, altiva e inmutable. Enfurecido por la falta de respuesta, Conejo le dio un sonora bofetada, solo para encontrar su mano pegada en su caricia de cera. "¡Ajá! ¿Con que no me sueltas? ¡Ya verás!", gritó con determinación, lanzando la otra mano con fuerza. Ahora ambas se quedaban atrapadas en el etéreo hechizo de la cera.
Desesperado, Conejo soltó una patada, y luego otra, hasta quedar completamente abrazado a la voluptuosa mona de cera. Así quedó, pataleando y enredado, cuando el dueño de la roza regresó a la escena. "Así te quería coger, Conej’íto", exclamó el hombre, un destello de triunfo en sus ojos. No tardó en despojar al Conejo de su aprisionamiento, amarrarlo con crueldad calculada y echarlo en su mochila como si se tratara de un travieso duendecillo.
"Ahora voy a hacer contigo un buen sancocho para mis hijos", dijo el hombre, mientras caminaba hacia su finca, dejando flotar sus palabras cual sentencia. Conejo, con las orejas caídas y el corazón agitado, percibió el peso de su destino mientras el hombre se detenía frente a una tienda para comprar no se qué, dejando la mochila a la entrada.
Fue en ese instante, cuando los hilos del destino se cruzan con la bruma del azar, que Tía Zorra pasó tambaleante, atraída por la llamada de Conejo, que desde el fondo de su aprieto susurró con urgencia: "Tía, ¿a usted le gustan los pollos gordos?". Zorra, quien siempre había sentido el vacío del hambre en su vientre, rindió oídos a la propuesta de Conejo, que continuó: "Pues suéltame y métete tú en esta mochila. Su dueño me lleva a la fuerza porque quiere darme un buen sancocho de gallina gorda, pero usted sabe que yo no como carne."
La oferta flotó en el aire como la promesa inasible de un sueño. Tía Zorra, que nunca hubo dejado pasar un convite, exclamó: "¡No más faltaba, Conejo, te suelto y me meto por ti!". Y así lo hizo, liberando al astuto Conejo y tomando su lugar en la mochila.
Cuando el hombre regresó, encontró a Zorra bien amarrada dentro de la mochila, su astucia derrotada por el travieso plan de Conejo. "¿Y Conejo?" preguntó el hombre con asombro y enojo. "Se fue porque a él no le gusta la gallina", respondió Zorra con resignación irónica.
El hombre, comprendiendo que había sido burlado por un simple conejo, respondió con nueva determinación: "Pues a mis perros sí les gusta la carne de Zorra!". Y así, el ciclo de engaños y astucias continuó en aquella tierra mágica, donde los animales y los hombres compartían por igual los retorcidos hilos del ingenio y el destino.
Historia
El origen de este mito está basado en el relato de un dueño de una parcela cultivada que, incapaz de proteger sus cosechas de un Conejo ladrón utilizando trampas convencionales, decide recurrir a la astucia. Crea una muñeca de cera con forma femenina y la coloca en una cantina donde el Conejo suele beber. Atraído por la figura y tras un intercambio sin respuesta, el Conejo termina pegado a la muñeca al intentar golpearla, quedando atrapado. Cuando el dueño finalmente atrapa al Conejo con la intención de cocinarlo, Conejo logra engañar a Tía Zorra para que se meta en la mochila en su lugar, convenciéndola de que están siendo llevados a un banquete de gallina gorda. El dueño descubre el cambio al regresar y amenaza con dar a la Zorra a sus perros.
Este relato refleja un ingenioso juego de engaños y el recurso a la astucia para resolver un problema, elementos comunes en las fábulas donde los animales antropomorfizados son protagonistas principales.
Versiones
Este mito de Conejo es una versión de la historia tradicional del "Conejo y la Mona de Cera," un cuento extendido en muchas culturas que usualmente involucra a un personaje engañoso, como un conejo o un trickster, que es capturado pero escapa gracias a su astucia. En la versión presentada, se observa una serie de elementos específicos que ofrecen variaciones en comparación con otras versiones típicas: primero, el contexto en el que Conejo es atrapado se centra en una cantina, apelando al gusto del Conejo por el trago, lo cual es un detalle particular que no siempre está presente. Además, el método del engaño y captura con la figura de cera es consistente, pero la interacción verbal entre Conejo y Tía Zorra para lograr su escape es un giro narrativo particular que imparte una resolución astuta a través del diálogo juguetón, mostrando el carácter ingenioso y persuasivo de Conejo.
Otra diferencia notable en esta versión es la introducción del personaje de Tía Zorra como el cómplice engañado de Conejo, reemplazando a menudo otros personajes más ingenuos o menos astutos que aparecen en variaciones alternativas del mito. La elección de un personaje astuto como Zorra, que generalmente tiene su propia reputación de ser astuto, añade una capa de ironía adicional al desenlace. Al final, el dueño de la roza decide usar a Zorra para alimentar a sus perros, lo que ofrece un castigo irónico a Zorra, quien intentó sacar provecho de la situación sin saber que sería contraproducente. Este giro refuerza la temática del ciclo de engaños dentro del relato tradicional, resaltando el ingenio del Conejo en comparación con alguien de astucia similar.
Lección
La astucia puede superar la fuerza.
Similitudes
Este mito se asemeja a las historias de tricksters como Anansi en la mitología africana y Loki en la mitología nórdica.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



