Dicen los mayores que antes de que el río aprendiera a llevar su propia voz, el mundo era como una casa sin fogón: había selva, había barro, había piedra, pero faltaba el orden que hace que la vida no se coma a sí misma. En ese tiempo, Karagabí caminaba por encima de las nubes como quien revisa un techo recién puesto. Miraba hacia abajo y veía que los humanos, recién nacidos, se asustaban con el canto de la noche, porque no sabían distinguir qué sombra era de árbol y qué sombra era de hambre.
Entonces Karagabí tomó un poco de su aliento y lo guardó en una totuma de pensamiento. Soplando despacio, formó a un hombre de mirada quieta, y le puso nombre de camino: Cobaima. A Cobaima no lo hicieron para mandar, sino para escuchar. Karagabí le dijo: 'Tú vas a ser jaibaná primero. No para que te teman, sino para que el mundo te responda'.
Y le enseñó a sembrar plantas que curan sin gritar, a reconocer la hoja que enfría la fiebre y la raíz que amarra el susto. Le mostró cómo hablar con los jai, esos espíritus que viven en el agua, en la piedra, en el viento y en el corazón del monte. Le advirtió también: 'No todo jai viene con buena cara. Hay jais que se disfrazan de animal y hay animales que se disfrazan de jai'.
Cobaima bajó por los ríos del Chocó como baja una canoa cuando el agua está crecida: sin pelear con la corriente, pero sin perder el rumbo. Llegó a un lugar donde la gente y los animales estaban mezclados en una misma rabia. Los tigres miraban a los humanos como si fueran carne sin nombre; los tatabros corrían como si llevaran una enfermedad en el lomo; y hasta los caballos y los burros, que no eran de aquí, aparecían como sombras torcidas, trayendo miedo en sus cascos.
Cobaima se sentó en la orilla y llamó a los jai con su voz de caracol imaginario, y el río se quedó quieto para escuchar. Esa noche soñó con Karagabí, y en el sueño le dieron un bastón hecho de madera de trueno. Al amanecer, Cobaima habló con los animales malos sin insultarlos. Les dijo: 'Ustedes también tienen lugar, pero no pueden vivir donde la vida humana aprende a crecer'.
Y decretó, con palabra firme, que esos animales se irían a las zonas profundas, donde el río es oscuro y el monte es más viejo. Desde entonces, cuentan, el tigre caza en su mundo y el humano camina en el suyo. Luego Cobaima siguió subiendo por el Andágueda. Encontró ríos sin nombre, y un río sin nombre es como un niño sin llamado: se pierde fácil.
Cobaima miró dos entradas de agua y vio una malla invisible que atrapaba a los peces, como si alguien hubiera amarrado el alimento con envidia. Con un gesto de jaibaná, arrancó esa trampa del mundo y liberó el paso. A ese lugar lo nombró con una palabra que recuerda la lección: 'Atrapado', para que nadie olvide que el agua se enferma cuando la codicia la encierra.
Más adelante halló sal nacida de la tierra, y entendió que la Madre también cura con su propia lágrima. Y más abajo vio un arcoíris tan grande que parecía una casa pintada por el cielo. Allí la vida estaba revuelta: humanos, plantas y animales querían vivir fuera de su límite, como si no existiera consecuencia. Cobaima los dejó guardados en ese arcoíris, no por castigo, sino por protección, para que aprendieran que la libertad sin cuidado se vuelve muerte para los que uno ama.
Dicen también que Cobaima encontró una piedra que parecía barco, sola y bonita, pero llena de trabajo de espíritus. Allí estaban las sombras de jaibanás antiguos y mujeres de otro tiempo moliendo harina de silencio. Ese lugar tragaba a los curiosos, porque hay sitios que no se miran con ojos de apuro. Cobaima cantó, sopló tabaco de pensamiento y abrió el paso para que la piedra dejara de comer gente.
Y cuando terminó de ordenar el territorio, Cobaima miró hacia la cordillera. Allá, el oro se estaba comiendo a los vivos, volviendo su excremento metal para tentar a los ambiciosos. Cobaima no maldijo el oro: maldijo la hambre que lo acompaña. Hizo que el oro dejara de devorar cuerpos y se quedara quieto, como se queda quieta una brasa cuando uno la cubre con ceniza.
Por eso, hijo, cuando escuches que el monte habla, no digas que es cuento. Es que Cobaima todavía camina en el pensamiento del jaibanismo, cuidando que cada cosa viva en su lugar. Y si un día te sientes perdido, recuerda: el primer jaibaná no fue el que hizo magia para lucirse, sino el que aprendió a poner límites para que la vida no se rompa.
Historia
Este relato se inspira en la tradición oral emberá del Chocó, especialmente en la memoria del Alto Andágueda, donde Cobaima es recordado como el primer jaibaná y organizador del mundo emberá. En la cosmovisión, Karagabí aparece como creador y maestro que entrega a Cobaima el conocimiento de las plantas medicinales, la comunicación con los jai y la responsabilidad de ordenar el territorio.
En la historia, Cobaima cumple funciones culturales clave: separar lo dañino de lo protector, nombrar lugares para fijar memoria, y establecer reglas de convivencia entre humanos, animales y fuerzas espirituales. También aparece el motivo del oro como fuerza peligrosa cuando se vuelve codicia, un tema que dialoga con experiencias históricas de extracción en territorios del Chocó. El mito nuevo mantiene esos ejes, pero crea escenas y símbolos propios: la totuma de pensamiento, el bastón de madera de trueno y el caracol imaginario como llamado, para reforzar la idea de que el jaibaná media entre mundos y protege el equilibrio.
Versiones
En algunas narraciones, Cobaima es descrito como un caminante que 'nombra' ríos y comunidades para que el territorio no se desordene; en otras, su papel central es expulsar animales malos a zonas profundas, separando el espacio humano del espacio de caza. Hay versiones donde el énfasis está en su aprendizaje directo con Karagabí (plantas, curación y comunicación con los jai), y otras donde se resalta su paso por lugares peligrosos: piedras que enferman, trampas invisibles para peces o sitios donde habitan espíritus de jaibanás antiguos.
También cambia el tono del episodio del oro: a veces se cuenta como un castigo a la avaricia, y otras como una advertencia sobre cómo ciertos lugares y sustancias pueden 'comerse' el espíritu de la gente si se pierde el respeto por el territorio.
Lección
La enseñanza principal es que el poder del sabedor no está en dominar, sino en escuchar y poner límites que protejan la vida. El territorio no es solo geografía: es memoria, nombre y relación con fuerzas visibles e invisibles. El mito recuerda que el agua y el monte se enferman cuando se les encierra o se les explota sin medida, y que la codicia (representada por el oro que devora) rompe el tejido comunitario.
También enseña prudencia: hay lugares que no se visitan sin permiso espiritual, y hay decisiones que se toman pensando en la vida de los que vienen detrás.
Similitudes
Se relaciona con otros relatos emberá donde Karagabí organiza el mundo y entrega mandatos de cuidado (especialmente sobre agua, ríos y equilibrio). Comparte motivos con historias de origen del agua y del orden social: nombrar, repartir, vigilar y castigar el exceso.
Se parece a mitos de héroes culturales en varias tradiciones indígenas, donde un primer sabedor o chamán separa ámbitos (humano/animal, arriba/abajo, visible/invisible) para evitar el caos. También dialoga con relatos del Pacífico sobre sitios encantados (piedras, remolinos, arcos de luz) que enferman o protegen según el respeto con que se les trate.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



