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Chibchacum

Chibchacum, protector del cacicato del zipa, castigó a los muiscas con un diluvio, mostrando la importancia de los dioses en su vida diaria.

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Ilustración de Chibchacum

En el corazón de la sabana de Bogotá, el pueblo muisca vivía bajo la protección de Chibchacum, el dios que, con su fuerza ancestral, sostenía el peso del mundo sobre sus hombros. Entre sus dominios corrían ríos y florestas, y en las mañanas, el sol, nombrado Sua, ascendía como una joya sobre la vasta llanura, iluminando las mantas de algodón que tejían los pueblos chibchas, enseñadas a pintar por el dios Nemcatocoa.

Chibchacum, aquel cuya nombre significa "Báculo de los Chibchas", vivía en disonancia perpetua; pues, aunque amado como el protector de comerciantes, plateros y labradores, su carácter oscilante traía consigo la amenaza de desastres naturales. Era, con sus hombros inclinados sobre la tierra, el responsable de los terremotos, un Atlas de los Andes, cambiando el globo sin rumbo entre uno y otro hombro.

El pueblo había prosperado bajo su protección, fragmento de eternidad que se desplegaba en la siembra y cosecha del maíz, hasta que un día, el espléndido orden se vio perturbado. La diosa Huitaca, envalentonada por el rencor que guardaba hacia Bochica, el dios barbado de las leyes divinas, descendió sobre los habitantes de la sabana, sembrando la semilla de la discordia. Entre risas y bailes, predicó el arte de la indulgencia y la rebeldía, apartando al pueblo de su devoción ancestral.

Fue entonces que Chibchacum se llenó de ira. Él, defensor ofendido, decidió reclamar a su gente, llamando de tierras lejanas los ríos de Sopó y Tivitó para que inundaran los valles, convirtiéndolos en un vasto mar entre montañas, rompiendo chozas, caminos y recuerdos. La inundación devoró sus esperanzas y les cerró las puertas a la cosecha, sumiéndolos en el hambre y el temor.

Desesperados, los muiscas levantaron la mirada a los cielos, clamando a Bochica para que intercediera en su favor. Ese dios, vestido de blancura resplandeciente, apareció en las nubes del atardecer, un arco suspendido entre uno y otro extremo del firmamento, bajo la mirada atenta del brillante Chuchuvira, el arco iris, ungido por su viaje junto a la cálida luz de Sua. Bochica, con severa compasión, lanzó su vara de oro hacia el salto del Tequendama, fracturando la tierra y permitiendo que las aguas volvieran a su cauce, dejando de nuevo el suelo fértil a los pies de los chibchas.

Bochica, en su infinita sabiduría, dirigió un juicio sobre Chibchacum, considerando el desenfreno de su castigo. Como resultado, le asignó la eterna carga de sostener la tierra sobre sus hombros, condena perpetua para un dios errante. Entre tanto, Bochica explicó a los habitantes de Bacatá principios que debían guiar sus vidas: la cooperación, la lealtad, la veneración a los ancestros, recordándoles que esas eran las leyes dignas para vivir bajo el sol de Sua.

Los dioses de las montañas, Chaquen y Chibchacún, entre juegos de dados y vigilias sobre un mantel verde en la alborante cima, se debatieron en antiguas disputas, mientras Chaquen bajaba en truenos y relámpagos, reclamando más templos en su honor. Sin embargo, la tierra se encontraba satisfecha en estos asuntos divinos, impregnada bajo la luz de Chuchuvira, iluminando los caminos de los hombres que, en ritos de ofrendas de oro y danzas de caracoles, mantenían viva la llama del pueblo.

Los siglos dejaron caer su polvo grueso sobre la memoria de los hombres, como las hojas del bosque que inundan la tierra en el otoño, y Chibchacum, fatigado pero impenitente, lucha bajo el peso de la tierra mientras el temblor ocasional recuerda a sus habitantes el sacrificio y la historia, uniendo el tiempo en el espacio indeleble de las montañas, donde aún resuena el eco de los antiguos dioses.

El mito de Chibchacum tiene sus orígenes entre los muiscas, una civilización indígena que habitaba la región de la actual Colombia, en la Sabana de Bogotá. Chibchacum era considerado el protector del cacicato del zipa en Bacatá. Su nombre, etimológicamente, significa "Báculo de los Chibchas," siendo el dios de los comerciantes, labradores y sectores populares. Según las tradiciones, Chibchacum se ofendió debido a las malas enseñanzas difundidas por Huitaca, quien promovía una vida alegre y rebelde que llevó a los indígenas a ofender a sus dioses. En venganza, Chibchacum decidió castigar a los muiscas con un diluvio que inundó la sabana.

Este castigo llevó a los muiscas a clamar por la ayuda de Bochica, otro dios importante para ellos. Bochica, movido por el sufrimiento del pueblo, abrió el cauce del Salto del Tequendama para desaguar las aguas y permitir que las tierras volvieran a ser cultivables. Como castigo por su desmesura, Chibchacum fue condenado por Bochica a cargar la tierra sobre sus hombros, un destino que lo ató a movimientos sísmicos, simbolizando así su relación con los terremotos.

El mito muestra ciertas semejanzas con el mito griego de Atlas, quien fue condenado por Zeus a sostener la bóveda celeste. Además, en otro relato del mito, se describe una disputa entre Chibchacum y el dios Chaquen sobre la construcción de templos, lo que desencadena tormentas y relámpagos, mostrando la interacción dinámica entre los dioses muiscas. Al final del relato, Chibchacum debe regresar a su tarea de soportar el mundo, después de una reunión de dioses. Este mito destaca la importancia de los dioses en la vida diaria de los muiscas y sirve como una explicación mitológica para los eventos naturales como los terremotos.

Bochica es descrito además como un dios benevolente, que enseña a los chibchas sobre normas morales, agricultura y artes, y quien finalmente restauró el orden tras la inundación. A diferencia de Chibchacum, Bochica estableció reglas de vida justas y cohesivas, impartiendo conocimientos valiosos para la vida y la cultura muisca.

En la primera versión del mito, destaca el papel central de Chibchacum como una figura divina que, ofendida por las ofensas de los humanos, decide castigarlos con un diluvio que inunda la sabana. Bochica, conocido por su sabiduría y capacidad para mediar entre los dioses y los humanos, interviene por clamor del pueblo para liberar las aguas a través del Salto del Tequendama, y castiga a Chibchacum obligándolo a cargar la tierra sobre sus hombros. En esta narración, Bochica es un salvador y legislador que no solo resuelve el problema inmediato, sino que también impone orden al recompensar al pueblo con prosperidad. La narrativa se centra en las dinámicas entre dioses y humanos, destacando la respuesta divina ante la conducta humana y las consecuencias de las acciones de Chibchacum.

La segunda versión presenta un relato más interpersonal entre los dioses, centrado en una disputa menor entre Chibchacum y otro dios, Chaquen, sobre la devoción de los chibchas a su panteón. La historia toma un giro más ligero, y en lugar de un conflicto cataclísmico, se enfoca en las pequeñas rivalidades y caprichos de los dioses. Aunque la relación con Bochica y el motivo del castigo de Chibchacum se mantiene, el contexto de la historia es más festivo y termina con los dioses jugando a los dados, lo cual difiere significativamente del tono grave de la primera versión. Esto sugiere una interpretación diferente de las figuras divinas, donde el acto final de Chibchacum de cargar la tierra aparece casi como una responsabilidad que él reconoce con cierto deber, en vez de ser un castigo severo impuesto por Bochica.

Las acciones tienen consecuencias y el orden debe ser respetado.

El mito se asemeja al mito griego de Atlas, quien también fue condenado a sostener una carga perpetua.

Territorio

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