Celos de esclavo

Caribe · Mestizo

Celos de esclavo

Una fiesta de La Popa exhibe joyas sobre personas esclavizadas y una rivalidad afectiva desemboca en violencia dentro del orden colonial.

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Celos de esclavo: la entrada del relato

El relato

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Al salir el sol del dos de febrero la cuesta del cerro de La Popa ya echaba luz. No venía de la piedra ni del mar: venía del oro, colgado del cuello y de los brazos de centenares de hombres y mujeres esclavizados que subían cantando hacia el santuario. Corría el final del siglo dieciocho.

La costumbre la había puesto la nobleza de la ciudad y era una puja. Cada casa sacaba a su gente cargada con lo mejor que guardaba, para que se viera de lejos que las diademas de los abuelos seguían en el arcón y que las ajorcas de la bisabuela no se habían vendido. Quien llevaba las joyas no las lucía: las sostenía. El desfile iba dirigido a la envidia de las otras familias, y los cuerpos que lo hacían posible eran el perchero.

Había además una cuenta pendiente. Si una prenda se abollaba, se soltaba o se perdía en el camino, el daño no lo pagaba el amo: lo pagaba el que la llevaba encima, con trabajo de más o con menos comida durante semanas.

Subían en grupos, y a cada grupo lo llamaban cabildo, sin que nadie recordara ya por qué. Al frente de cada uno iba un cacique o una cacica. Cada cabildo llevaba su propio canto, distinto de los demás, con ese arrastre lento de los cantos traídos del otro lado del mar, y entre canto y canto se lanzaban pullas de un grupo a otro, cada vez menos en broma. Quien mirara aquello con algo de atención vería lo que había debajo del oro prestado, porque el oro prestado no tapaba nada.

Entre los que subían iba Simón Casiano, de la casa esclavista de los Orellana de Azuá, un hombre joven llegado de la Costa del Oro. Venía mirando de reojo desde hacía días. La muchacha que él pretendía era de la misma caravana, y esa mañana le estaba sonriendo a Sebastián, otro hombre del cabildo de los mandingas.

Casiano no podía casarse con ella y lo sabía. Los amos habían trasladado sus propias jerarquías al fondo de los barracones: quien pertenecía a casa y familia no se unía con una cimarrona ni con hija de cimarrones. El permiso nunca iba a llegar, y la espera se le había ido volviendo otra cosa.

Se descolgó por la pendiente saltando piedras, cayó en medio de los dos, los derribó a la vez y los tres rodaron abrazados entre las malezas. Al pasar arrastró a otros, los otros devolvieron el golpe, y en pocos segundos la cuesta entera era una pelea.

Cuando se deshizo el nudo de cuerpos, el suelo estaba sembrado. Diademas, ajorcas, cadenas, piedras sueltas rodando entre la maleza; todo el capital que las casas habían sacado a pasear, esparcido por el monte.

Y entonces bajaron los que miraban. No sólo los mirones de la orilla del camino: cualquiera que estuviera cerca y tuviera manos. Se metieron en el revoltijo a recoger, y recogieron todo lo que pudieron.

Los que escribieron el episodio contaron después la pérdida en pesos castellanos y la cifraron en miles de miles. Y se la cargaron entera a los celos de Casiano, como si la subasta de vanidad que había puesto ese oro en la cuesta no tuviera nada que ver con lo que allí pasó.

Celos de esclavo: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Se puede cargar el oro de una ciudad entera y seguir sin poder elegir con quién casarse.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4261° · -75.5242°

Ficha del relato

Contexto histórico

La pieza se lee hoy en las páginas 105 a 107 del volumen segundo de «Mitos y leyendas de Colombia», antología investigada y compilada por Eugenia Villa Posse y publicada por el IADAP en Quito en 1993. Es una de las diecisiete que su sección decimoctava reproduce de «Cuentos y leyendas de Cartagena», libro de Eustorgio Martínez Fajardo impreso en la ciudad en 1948 por Editorial Nuevo Mundo, cuyas páginas 25 a 177 declara la nota de procedencia de la página 65.

Esa nota es también la que fija el estatuto del texto. Dice que el autor recogió narraciones de la tradición oral de Cartagena y que el material se trabajó como literatura antes de publicarse. Conviene tenerlo presente aquí más que en ninguna otra de las diecisiete, porque el relato describe una práctica social —la exhibición de personas esclavizadas cargadas de joyas en la subida del dos de febrero— con el vocabulario y el gusto por el color de un escritor de mediados del siglo veinte, no con la neutralidad de un informe.

El texto es breve, apenas tres páginas, y en la mitad de ellas no pasa nada: el autor se detiene en las casas nobles, en sus apellidos, en sus diademas y en la costumbre de competir. La acción ocupa el último tercio. Aun así, es el único de la sección que deja por escrito cómo se organizaban los cabildos en la peregrinación, con un cacique o una cacica al frente de cada uno y un canto propio para cada grupo, y el único que anota qué le costaba a una persona esclavizada que se dañara una joya ajena.

El episodio se cierra con una cifra que el autor no calcula: la toma de unos «cronistas de la época» a los que cita entre comillas sin nombrar a ninguno.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más inmediato está en las dos piezas que la rodean en el libro. «El milagro de la Candelaria», páginas 100 a 105, y «La abadesa arrodillada», páginas 95 a 97, transcurren también en el cerro de La Popa y alrededor de la fiesta del dos de febrero: tres relatos consecutivos del mismo autor construidos sobre la misma peregrinación. La comparación muestra qué uso le da a cada uno. En los otros dos el cerro es lugar de promesas y milagros; en este es una pasarela.

El segundo parentesco está en «Mona… Mona…», páginas 93 a 95, del mismo conjunto. Las dos son las únicas piezas de la sección cuyos protagonistas son personas negras, y las dos las miran desde afuera: allí un hombre palenquero al que dos agentes arrancan una traducción por la fuerza, aquí un hombre esclavizado al que el remate del cuento hace responsable de la ruina de sus amos. En ambos casos el daño recae sobre quien menos decide, y el narrador no lo señala.

Hay, por último, un antecedente documental que el propio texto invoca sin explotarlo: los cabildos de nación, las agrupaciones por procedencia africana que en la Cartagena colonial organizaban fiestas, entierros y cofradías y que aquí aparecen con su cacique o cacica al frente y su canto propio. El relato los usa como decorado de una competencia entre familias ricas, pero lo que describe —grupos con jefatura, repertorio y jerarquía propios subiendo juntos a la fiesta mariana— es la institución que sostenía buena parte de la vida colectiva de la población esclavizada en la ciudad.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La única cifra del relato —las pérdidas de la nobleza cartagenera contadas en miles de miles de pesos castellanos— no la pone el autor, sino una autoridad que invoca y no identifica. Escribe «los cronistas de la época» y abre comillas, y dentro de esas comillas está la frase sobre las gentes que se abalanzaron a recoger lo caído. No hay nombre de cronista, ni título, ni año, ni archivo. Quien quiera rastrear la cuenta no tiene por dónde empezar.

  2. El reparto de culpas también admite dos lecturas dentro del mismo texto. El título y la frase final atribuyen el desastre a un hombre esclavizado y a sus celos. Dos páginas antes, sin embargo, el propio narrador ha explicado que la prohibición de casarse venía de los amos, que el oro era prestado y que la fiesta funcionaba como competencia entre casas ricas. La pieza contiene, así, la información que desmiente su propio remate.

  3. Hay una tercera diferencia que no es de contenido sino de voz, y se aprecia comparando esta sección con otra del mismo volumen. Las páginas 359 a 413 reproducen «Al filo de la leyenda», de Judith Porto de González, impreso en Cartagena por la Imprenta Departamental en 1982, y su nota de procedencia declara que se trata de leyendas de la tradición oral de la población negra de la ciudad. Misma ciudad, mismo tomo, materia parecida y posición contraria: allí la recopilación dice partir de las voces retratadas, y aquí el retrato se hace desde la casa señorial.

  4. Queda una nota menor de transcripción. El apellido esclavista que el relato asigna al protagonista aparece en el impreso escaneado como «Qrellana»; la forma que el texto pide es «Orellana», y así se cita.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
10
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Tres páginas, de la 105 a la 107, y son las únicas donde se conserva esta pieza. Lo que sólo aquí consta es la mecánica social del episodio: las casas nobles compitiendo en la subida del 2 de febrero con las personas que esclavizaban cargadas de joyas, los cabildos organizados con un cacique o una cacica al frente y un canto propio para cada grupo, la prohibición de matrimonio impuesta por los amos, y el castigo que recaía sobre quien dañara una alhaja ajena. La nota de procedencia de la página 65 es lo que obliga a leer esa descripción como escritura de 1948 sobre memoria de ciudad, no como informe: el autor trabajó literariamente el material antes de imprimirlo.

  2. Historia del Cerro de la Popa (Macroproyecto de Recuperación Integral del Cerro de la Popa, Producto 3)

    observatorio.epacartagena.gov.co

    Reconstruye la subida que el relato convierte en pasarela. Fija la fiesta del 2 de febrero con su novena desde el 24 de enero, la procesión hasta la ermita del Pie de la Popa y el auge de la romería hacia 1930, cuando se traían burros, caballos y mulas de los pueblos vecinos para alquilarlos a quien no quisiera hacer la cuesta a pie. Documenta también que el entorno del cerro fue desde comienzos del XVII zona de estancias, tejares y pesquerías labradas «con sus esclavos e indios», y escenario de reuniones de cimarrones encabezadas por el mestizo Luis Andrea, condenado por el Santo Oficio en 1613. Es decir: el mismo cerro donde el relato pone el desfile de joyas tenía ya una historia de trabajo esclavo y de reunión clandestina.

  3. Miedo, rumor y rebelión: la conspiración esclava de 1693 en Cartagena de Indias (Historia Crítica, n.º 31)

    scielo.org.co

    Es el contrapeso documental del cuento. Reconstruye un episodio real de la misma ciudad en el que la población esclavizada aparece deliberando, organizándose y siendo temida, es decir, con la capacidad de acción que el relato le niega a su protagonista, reducido a instrumento de unos celos y a causante de la ruina de sus amos. Permite decir que la vida colectiva de los esclavizados cartageneros está documentada por otras vías, y que lo que el relato elige contar de ella —una joya rota, una venganza doméstica— es una elección y no el único material disponible.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Los estudios sobre la esclavitud en el Caribe colombiano (Historia Caribe, vol. 20, n.º 47, pp. 197-222)

    revistas.uniatlantico.edu.co

    Da la medida de lo que se sabe y de lo que no sobre el mundo que el relato describe de oído. Es el mapa actualizado del campo —qué se ha investigado sobre esclavitud en el Caribe colombiano, con qué archivos y desde qué preguntas—, con Cartagena como escenario dominante, y sirve para comprobar que la escena central de la pieza, la exhibición de personas esclavizadas enjoyadas como emblema del prestigio de sus amos, no está sostenida por ninguno de los trabajos que reseña. Es la fuente que convierte una duda vaga en una laguna localizada.

  2. «Plaza de los Coches» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Nombra el lugar donde empieza la biografía que el relato supone. Enumera los nombres sucesivos de la plaza —del Juez, de la Yerba, del Rollo, de los Mercaderes— y entre ellos uno literal: «Plaza del Esclavo, por efectuarse en ella remates o ventas de esclavos». Con esa línea, el hombre del relato deja de ser una figura decorativa de la cuesta de La Popa y pasa a tener un punto de entrada documentado en la ciudad, a doscientos metros de la muralla, donde se le puso precio.

  3. La virgen de la Candelaria: fiesta, idoloclastía y colonización de imaginarios en Cartagena de Indias

    dialnet.unirioja.es

    Explica por qué la fiesta del cerro es el sitio exacto donde una jerarquía se exhibe. Lee la Candelaria de La Popa como el resultado de una operación sobre los imaginarios indígenas y africanos —la idoloclastía contra el culto que allí se atribuía, el proceso inquisitorial del 2 de febrero de 1614 contra el mestizo Luis Andrea— y al mismo tiempo como el marco festivo donde sobreviven música, baile y comida de la cultura popular. Esa tensión entre imposición y permanencia es la que el relato aprovecha sin nombrarla: los cabildos suben cantando lo suyo dentro de una fiesta que no es suya.

  4. Espacio Cultural de San Basilio de Palenque · Plan Especial de Salvaguardia

    patrimonio.mincultura.gov.co

    Documenta la forma de organización que el relato describe y no sabe nombrar. El expediente reconstruye las agrupaciones por procedencia y parentesco con las que la población africana y afrodescendiente del entorno de Cartagena organizó su vida colectiva —jefaturas propias, repertorios propios, ritual funerario y musical propio—, y con ello permite afirmar que los grupos con cacique o cacica al frente y con su canto particular que el texto ve subir al cerro no son un adorno del autor, sino la institución real que sostenía buena parte de esa vida.

  5. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Pone números a la ciudad de castas que el relato da por sabida. Trabaja sobre el censo de 1777, que es el instrumento con el que la Corona clasificó por condición y por color a los habitantes de Cartagena, y permite estimar cuánta gente había realmente detrás de las tres o cuatro casas nobles que el cuento enumera y de la población esclavizada que exhibían. Es el marco cuantitativo que impide leer la escena como un cuadro de costumbres sin peso demográfico.

  6. Convento de la Popa (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 35)

    cvc.cervantes.es

    Da la cuesta y la cima que el relato recorre sin describir: el convento, el claustro y la capilla de la Candelaria en lo alto del cerro, la fundación de 1607, y la leyenda del fraile que despeña por la escarpa al chivo al que, según esa misma tradición, rendían culto los mulatos bajo la dirección de Luis Andrea. Ese detalle importa aquí porque muestra que el cerro llegó al siglo XVIII con una historia previa de población negra y mulata asociada al lugar, lo que vuelve menos casual que la fiesta se organizara con cabildos.

  7. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Acredita quién mira, que en esta pieza es la cuestión decisiva. Identifica al autor como el periodista cartagenero que firmaba «Eumarfa» y caracteriza su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la ciudad histórica: un cronista urbano de clase letrada escribiendo en los años cuarenta sobre la esclavitud colonial. Eso es lo que explica el tono de catálogo con que enumera diademas y apellidos nobles y la facilidad con que el remate hace responsable del desastre al hombre esclavizado.

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«Celos de esclavo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Celos de esclavo» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Celos de esclavo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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