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Celos de esclavo

La celebración en la colina de La Popa reflejaba la opulencia y el sufrimiento de los esclavos en un evento cargado de emociones y rivalidades.

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Ilustración de Celos de esclavo

El amanecer del 2 de febrero se desplegaba con una radiante majestuosidad en el firmamento, y la colina de La Popa, en Cartagena, parecía un escenario encantado, un manto resplandeciente de joyas chispeantes bajo el sol naciente. Cientos de esclavos negros, con la piel como ébano iluminado, ascendían cantando por los declives de la colina sagrada, sus voces elevándose en un susurro y clamor que parecía tejer historias de tierras antiguas y memorias olvidadas. Era finales del siglo XVIII, y esta subida ritual al monte no era solo un símbolo de devoción, sino también un espectáculo grandilocuente de vanidad colonial. La nobleza española de Cartagena celebraba en esta fecha una extravagante pugna de prestigios, una exhibición donde cada familia rica se enorgullecía al exponer a sus esclavos adornados con las más fastuosas joyas. En realidad, este despliegue no era más que un artificio para ostentar las herencias doradas y las perlas centenarias, ocultas en cofres de la aristocracia desde tiempos ancestrales. Los descendientes de los ilustres condes de Fuente Seca y Villar, junto con los herederos de los grandes señores de Rumazo y Torres del Castillo, rivalizaban en mostrar diademas, ajorcas y collares, reliquias de sus antepasados que iluminaban los ojos ávidos de las damas cortesanas de Madrid y de las castellanas de Toledo y Sevilla. Pero el boato no pertenecía solo a los amos. Los esclavos, una vez más, transformaban la subida en una danza de antigua rivalidad. Sus voces resonaban con cánticos que eran una mezcla de penas y retos, incorporando alusiones rituales y mordaces ofensas en sus letras. La envidia y el orgullo se ondeaban entre las palabras, y pronto la tensión chispeaba como brasas en tropel. Los "cabildos" —como se conocía a los conjuntos de peregrinos de color, encabezados por sus "caciques" o "cacicas"— poblaban el aire con el profundo y nostálgico gemido de los instrumentos africanos. Tamboriles y flautas rústicas creaban melodías impregnadas de lamentos milenarios. Quien hubiese contemplado aquella rutilante procesión, llena de esplendor prestado, podría discernir el dolor infinito, las cadenas invisibles que el destello de las joyas no lograba ocultar, una tristeza aguda y palpitante que se aferraba al alma de cada jinete dorado bajo el radiante firmamento. De repente, entre la algazara armoniosa, emergió un tumulto que partió el aire. De las entrañas de aquel paisaje caleidoscópico de colores y voces, surgió una figura como un torrente desatado. Simón Casiano, portador del apellido esclavista de los Orellana de Azuá, un joven de la Costa del Oro construido en fuerza y destreza, había visto a su compañera, la esclava más agraciada de la caravana, intercambiando sonrisas furtivas con Sebastián, otro esclavo del "cabildo" de mandingas. Los celos hervían en su interior desde hacía días, pero las barreras sociales impuestas incluso entre los esclavos le impedían unirse en matrimonio con su amada, una hija de cimarrones. Como un alud, Simón se lanzó por la pendiente, un desenfreno de piedras y sombras que se precipitaban, su ira derrumbando tanto a su pretendida como al rival en la caída. Rodaron juntos entre maleza y roca, envueltos en una vorágine de pasiones que evocaban un festín salvaje de la selva primigenia. El alboroto pronto arrastró a otros esclavos a la refriega, golpeados o cegados por el fervor. La colina se transformó en un campo salpicado de fulgores: fragmentos de oro y piedras preciosas arrojados de los cuerpos decorados en el revoltijo de sillas y caminos. Los cronistas de aquel tiempo, con pluma febril, documentaron el suceso como una catástrofe reluciente. La nobleza cartagenera contaba las pérdidas en miles de pesos castellanos; las joyas, desparramadas, eran un botín irresistible para los curiosos que acudían atraídos por la algarabía, levantando avariciosas manos entre los escombros dorados del orgullo quebrado. Así, en la vibrante mañana del 2 de febrero, la colina de La Popa, que floreció bajo el signo de la opulencia, terminó cubierta por las ramas de la desdicha, el eco de tambores y flautas desvaneciéndose hacia los cielos, llevándose consigo las historias de amores imposibles y desafíos que resquebrajaron el dorado silencio de una época asfixiada en su propia magnificencia. El origen del mito de la colina de La Popa se sitúa a finales del siglo XVIII en un evento anual celebrado el 2 de febrero, donde la nobleza española de la época mostraba su opulencia al adornar a sus esclavos con lujosas joyas. Esta celebración también se convirtió en una competencia entre los esclavos por ostentar las mejores prendas dentro de sus "cabildos", grupos encabezados por un "cacique" o "cacica". Durante la ascensión a la colina, mientras se llevaban a cabo rituales y cantos indígenas africanos, surgió una pelea entre los esclavos por celos amorosos. Simón Casiano, un esclavo de la Costa del Oro, atacó a su rival Sebastián después de un episodio de celos. El conflicto generó una revuelta en la que muchos participaron, resultando en una pérdida masiva de joyas valiosas de sus amos, causando que el lugar del incidente se volviera un caos adornado con oro y piedras preciosas y atrayendo saqueadores. El mito presenta una narrativa centrada en el contexto histórico y cultural de los esclavos africanos en una región española, específicamente durante una celebración en la colina de La Popa. La primera parte del relato se enfoca en describir el evento anual donde la nobleza española exhibe la opulencia de sus joyas adornando a sus esclavos, un acto que también se convierte en una competencia de estatus entre las familias adineradas. La presentación de esta costumbre refleja tanto la ostentación de las clases altas como los rituales sociales que involucran la jerarquización dentro de la negrería, incluyendo la dinámica de emulación entre estos grupos de esclavos. En esta descripción, el enfoque está en la superficie brillante del evento y el contraste con el sufrimiento oculto de los esclavos. La segunda parte del texto introduce un elemento dramático personal al revelar la historia de Simón Casiano, un esclavo portador de emociones humanas crudas, como los celos y el deseo de amar dentro de las limitaciones impuestas por la esclavitud. Este segmento del mito narra un incidente violento provocado por el conflicto emocional de Casiano, resultando en una trifulca que simboliza no solo el caos emocional de los individuos, sino también un desmoronamiento físico del orden artificial creado por y para la nobleza. Aquí, la historia se desplaza de un enfoque general centrado en las costumbres y jerarquías, a un relato más íntimo que ilumina las realidades personales y brutales de la vida de los esclavos, mostrando el contraste entre la opulencia exhibida y la miseria subyacente de su condición. Las emociones humanas trascienden las barreras sociales y pueden desencadenar caos en un orden artificial. Se asemeja a los mitos griegos de amor y celos como el de Eros y Psique, y a las historias nórdicas de rivalidad y conflicto entre personajes.

Territorio

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