Batatabatí: «ea, juguemos»

Andina · Quimbaya

Batatabatí: «ea, juguemos»

Batatabatí no era una princesa: era el canto que invitaba al juego antes de los tambores, la danza y la memoria de los mayores.

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El relato

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La provincia estaba llena de cañaverales tan espesos que no se podía andar por ellos sino con mucho trabajo, y por eso las casas eran pequeñas y se cubrían con hojas de caña. De la sierra nevada bajaban tantos ríos que no alcanzaban a contarse, y en invierno se cruzaban por puentes de cañas atadas con bejucos recios de un árbol a otro. Entre río y río salían fuentes de agua salobre, y era cosa de admiración ver cómo brotaban por mitad de la corriente. Arriba, en lo alto de la cordillera, un volcán echaba mucho humo los días claros.

Los señores eran ricos. Tenían hechas de oro las cosas que veían con los ojos, y vasos grandes para beber su vino. Uno de ellos, el cacique Tacurumbi, dio un vaso en que cabían dos azumbres de agua, y otro mayor todavía. Las armas eran lanzas, dardos y estólicas, con las que arrojaban de rodeo unas tiraderas. De sus propios cabellos hacían grandes rodelas para llevar a la guerra.

Cuando se juntaban a hacer fiesta, primero bebían. Después se formaba un escuadrón de mujeres a una parte y otro a otra, y lo mismo los hombres; y los muchachos no se quedaban quietos, que también hacían el suyo. Entonces arremetían unos contra otros diciendo con un sonete: batatabati, batatabati. Quiere decir: ea, juguemos.

Con eso empezaba el juego, y se jugaba con tiraderas y con varas. No era blando. Acababa con heridas de muchos y con muertes de algunos, y aun así volvía a empezar la vez siguiente, porque lo que se medía allí no era la fuerza de uno sino la de cada grupo contra el otro.

Después venía la plaza. Se juntaban todos, y dos de ellos con dos tambores hacían el son. Otro tomaba la delantera y comenzaba a danzar, y todos lo seguían llevando cada uno la vasija del vino en la mano, porque beber, bailar y cantar lo hacían en un mismo tiempo.

Y lo que cantaban no eran alabanzas. Recitaban a su modo los trabajos presentes y recontaban los sucesos pasados de sus mayores. De manera que la misma tarde en que se habían arrojado varas hasta hacerse sangre terminaba con toda la gente en rueda, diciendo en voz alta qué les estaba pasando y qué les había pasado a los que vinieron antes.

Batatabatí: «ea, juguemos»: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Cantar lo que duele hoy junto a lo que hicieron los mayores es una forma de archivo.”

Territorio

Andina · Quimbaya

Andina · Quimbaya

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Quimbaya
Referencia
4.8143° · -75.6946°

Ficha del relato

Contexto histórico

La referencia está en el capítulo XXIV de la primera parte de la «Crónica del Perú» de Pedro Cieza de León, impresa en Sevilla en 1553, dedicado a la provincia de Quimbaya y a la fundación de Cartago. No es el XXVI, como a veces se cita: el XXVI trata ya el valle hasta Cali. Cieza estuvo en Cartago —«estando yo en esta ciudad el año pasado de 1547 años», escribe— y el vaso de oro que menciona lo dio el cacique Tacurumbi al capitán Jorge Robledo, y otro mayor a Miguel Muñoz.

Edith Jiménez de Muñoz volvió a publicar el pasaje en «Los Quimbaya», Boletín de Arqueología del Servicio Arqueológico Nacional, año I, número 1, enero-marzo de 1946, páginas 19 a 29, con la grafía Batatapatí. No es una monografía aparte: es un artículo dentro de un boletín que en el mismo número trae a Reichel-Dolmatoff y a Silva Celis.

La página heredada convertía Batatabatí en una princesa de ojos azules, hija de un cacique orfebre llamado Tacurumbí, secuestrada por un guerrero de Calarcá, cegada, y cuyas lágrimas habrían formado el río Quindío. Nada de eso tiene sostén. Tacurumbi está en Cieza como cacique y como nombre de río, nunca como orfebre; Luis Duque Gómez lo lista en 1962 entre los caciques de la resistencia, y Víctor Zuluaga Gómez lo sitúa en Chinchiná. Calarcá, en el mismo nomenclátor de 1962 y en la investigación reciente de Juan José Velásquez Arango, es figura de las guerras pijao y quindío, no quimbaya.

El rótulo Quimbaya también necesita cuidado. Clemencia Plazas y María Alicia Uribe Villegas han separado una orfebrería temprana de una tardía que pertenecen a mundos distintos, y el conjunto de oro exhumado en Filandia en 1890 no corresponde sin más a la gente que Cieza vio en 1547. La misma crónica añade que los quimbaya no eran naturales de esa tierra, sino que habían entrado en ella mucho tiempo antes.

Resonancias con otros mitos

El paralelo mejor documentado está en la misma crónica, cuatro capítulos atrás. En la comarca de Anserma, cuando moría un señor, los parientes hacían grandes lloros y después «beben de su vino y rezan sus salmos o bendiciones dedicadas a sus dioses, a su uso y como lo aprendieron de sus mayores». Otra vez la bebida, la voz colectiva y la transmisión desde los mayores, pero en un duelo y no en un juego: la misma tecnología de memoria puesta a otro uso.

El segundo paralelo está en el propio capítulo de Quimbaya y explica qué podían tener que recitar. Cieza cuenta que en 1546 llegó una peste que mataba en dos o tres días, y que antes, junto a la laguna de sal del río Consotá, unas mujeres que hacían sal vieron a un hombre alto con el vientre abierto y dos niños en brazos que les anunció que iba a matarlas. Al poco faltó la mayor parte de la gente de la provincia. Los trabajos presentes que los cantares recitaban eran de ese tamaño.

El paso del enfrentamiento a la danza aparece en fiestas de muchas sociedades, y compararlo ayuda a reconocer la forma. No autoriza a importar reglas, árbitros ni sentido ritual que el texto no registra: aquí sólo hay escuadrones que arremeten, objetos arrojadizos y un riesgo real.

Los cantos que enlazan lo que duele hoy con lo que hicieron los antiguos se acercan a muchas formas de historia oral. Llamarlos epopeya o crónica en sentido europeo los deformaría; lo comparable es la función, no el género.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Cieza escribe «batatabati» dos veces seguidas, como sonete repetido, y traduce «ea, juguemos». Describe el enfrentamiento de escuadrones con tiraderas y varas, y a continuación, sin transición marcada, la escena de la plaza con los dos tambores, el que toma la delantera, la fila que lo sigue y los cantares. La proximidad permite leer las dos escenas dentro de una misma vida festiva, pero el cronista no afirma que cada juego terminara siempre así.

  2. Hay variación textual en las ediciones. Donde la de Espasa-Calpe lee «después que han bebido», otra edición moderna lee «después que han venido». La primera encaja con el resto del pasaje.

  3. Hay también un desplazamiento heredado que conviene nombrar: la ficha anterior hablaba de «vasijas de bebida de maíz». Cieza escribe «la vasija del vino». Que ese vino fuera chicha de maíz es inferencia razonable —el maíz aparece en el mismo capítulo, en las ofrendas de las sepulturas— pero no es lo que dice el texto, y aquí se conserva su palabra.

  4. La lección de Edith Jiménez de Muñoz registra Batatapatí junto a Batatabatí y resume el choque como juego con armas. Escrita casi cuatro siglos después y basada en los cronistas, aporta una recepción académica temprana, no una variante oral.

  5. En apropiaciones educativas recientes el nombre se ha vuelto invitación a jugar y a crear. La continuidad es nominal y no demuestra nada sobre el siglo XVI. La princesa, el secuestro, los ojos arrancados y el nacimiento del río Quindío pertenecen a una fabricación moderna sin cadena documental localizada, y se retiran por completo.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Quimbaya · Caldas · Andina
Referencias
8
Última revisión
19 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. La crónica del Perú, primera parte

    archive.org

    En el capítulo XXIV, sobre la provincia de Quimbaya y la fundación de Cartago, registra el sonete «Batatabati, batatabati» y lo traduce «¡Ea, juguemos!»; describe los escuadrones de mujeres, hombres y muchachos que arremeten con tiraderas y varas, las heridas y muertes con que acaba el juego, las rodelas hechas de cabello, los dos tambores de la plaza, el que toma la delantera en la danza, la vasija del vino en cada mano y los cantares que «recitan a su uso los trabajos presentes y recuentan los sucesos pasados de sus mayores». Del mismo capítulo salen el cacique Tacurumbi, el río que lleva su nombre y el vaso de oro de dos azumbres que dio a Jorge Robledo.

  2. Los Quimbaya

    publicaciones.icanh.gov.co

    Vuelve a publicar el pasaje del juego con la grafía Batatapatí junto a Batatabatí, y fija los límites del territorio quimbaya entre el Otún y La Paila, agrupando quimbaya, carrapa, picara y paucura como un mismo conjunto cultural: es el marco regional en el que Cieza sitúa la fiesta.

  3. Nomenclátor de líderes, héroes y mártires indígenas

    academiahistoria.org.co

    Cierra la lista mencionando a «Tacurrumbi (Caldas)» entre los jefes indígenas de la resistencia, lo que confirma que Tacurumbí circula en la historiografía como cacique y nunca como orfebre; y en la entrada 229 sitúa a Calarcá en las guerras contra quindíos y pijaos, lo que desmonta el parentesco quimbaya que la ficha heredada le atribuía.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Quimbaya. Orfebrería temprana

    publicaciones.icanh.gov.co

    Establece que el rótulo Quimbaya cubre períodos muy distintos y que la orfebrería temprana no corresponde a la gente que Cieza vio en 1547: es la razón por la que esta ficha no traslada el oro arqueológico a la fiesta descrita en la crónica.

  2. La orfebrería Quimbaya tardía: una investigación en la colección del Museo del Oro, en Boletín Museo del Oro núm. 31

    publicaciones.banrepcultural.org

    Separa el Quimbaya Tardío del Temprano, que es la distinción que permite situar cronológicamente a los señores «muy ricos de oro» del capítulo XXIV y a los vasos que Tacurumbi entregó, sin confundirlos con el conjunto de Filandia.

  3. Quimbaya: la gente y el oro en el Cauca medio

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Distingue los períodos arqueológicos y recuerda que en el siglo XVI los europeos nombraron en el Cauca medio provincias diferentes por lengua y política: sirve para que el municipio actual de Quimbaya no se lea como el escenario de la fiesta.

  4. Nuevas perspectivas para la historia del pueblo pijao, siglos XVI y XVII, en Fronteras de la Historia 26(1)

    redalyc.org

    Documenta a Calarcá como líder pijao del asalto a Ibagué de 1606 y del asedio al fuerte de Diego de Ospina en 1607, y sitúa a los quimbaya como socios comerciales y no como su pueblo: retira el último apoyo de la trama inventada del guerrero de Calarcá que raptaba a la supuesta princesa.

  5. Historia extensa de Pereira

    repositorio.utp.edu.co

    Sitúa a Tacurumbí como cacique de Chinchiná junto a Chanviricua y Pimaracua, lo que contradice la ubicación quimbaya que le da Cieza y obliga a dejar la discrepancia a la vista en vez de resolverla.

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«Batatabatí: «ea, juguemos»» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Batatabatí: «ea, juguemos»» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Batatabatí: «ea, juguemos»» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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