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Bachué

El mito de Bachué destaca la conexión cultural y espiritual de los chibchas con el paisaje andino y la importancia del agua en su cosmogonía.

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Ilustración de Bachué

Hace muchos milenios, cuando el mundo aún no conocía el sonido de los pasos humanos ni el susurro de las hojas al viento, Chiminiguagua, el dios de origen y compasión, fijó su mirada en la tierra dormida. Supo entonces que era el momento de llenar de vida el silencio. Fue así como en una brumosa mañana, bajo el cielo plomizo y silencioso, en el seno oculto de la laguna de Iguaque, comenzó el despertar del mito que daría vida a los pueblos.

De las aguas cristalinas emergió Bachué, cuyo nombre también resonaba como Furachogua, la Mujer Buena. Su cabello ondeaba como las corrientes más suaves del agua, y su piel relucía con destellos dorados por la luz primera del amanecer. Era una visión sobrenatural, coronada de encajes rojos y adornos de oro que resplandecían como un sol multiplicado en mil. Su presencia era la esencia de la fertilidad y la esperanza. A su lado, con el drama de una revelación, ascendía un niño de tres años, llamado Labaque.

Juntos, la divina madre y el infante bendecido, pisaron por vez primera la tierra aún virgen, deslizándose con gracilidad sobre las aguas que no se atrevían a perturbar su andar. Avanzaron hasta el llano, donde en el futuro se levantaría el pueblo de Iguaque, para construir su primera morada.

El niño creció bajo el cuidado amoroso de Bachué, transformándose en un hombre de lozana juventud, fuerte y sabio, destinado para una misión grandiosa. Al alcanzar su madurez, Bachué compartió su vida con él en matrimonio sagrado, uniendo así el ciclo de la creación y la multiplicación. De ese amor sagrado nacerían numerosos hijos, partos de abundancia que daban frutos de cuatro, seis e incluso más en cada nueva vida engendrada.

La pareja recorrió valles y montañas, dejando a su paso no solo descendencia, sino también sabiduría. Enseñaron a su prolífica progenie las artes del tejido, la edificación de hogares, los secretos de la agricultura, y los principios que deberían regir la convivencia pacífica. Bajo su guía, los hombres y mujeres de la tierra aprendieron a trabajar el oro y a doblegar el metal en formas que solo los dioses supieron visionar.

El tiempo, sin embargo, es implacable incluso con los elegidos, y así, los años que concedieron multitud de hijos también llamaron a Bachué y a su esposo al final de su misión terrenal. Ya ancianos, convocaron a su vasta descendencia a regresar al sagrado inicio, la laguna de Iguaque. Allí, al borde de las aguas que les dieron a luz, Bachué habló con sabiduría maternal, exhortando la paz y la conservación de las leyes divinas que ella impartió, esperanzada en que sus hijos mantendrían un mundo unido y justo.

Tras pronunciadas sus últimas palabras, ante los sollozos y lágrimas de un pueblo que supo reconocer a sus progenitores divinos, Bachué y su esposo se adentraron nuevamente en las aguas. El milagro del mito se completó cuando, en el abrazo del agua que los reclamaba, ambos se transformaron en serpientes gigantescas, símbolo eterno de la sabiduría y protección, deslizándose y perdiéndose con una dulzura eterna bajo la superficie vítrea de la laguna.

Con el tiempo, la laguna de Iguaque se convirtió en santuario sagrado para los chibchas, y las peregrinaciones hacia sus orillas se hicieron ofrenda constante: ofrendas de oro, resinas y mantas preciosas que echaban en las aguas para honrar a Bachué y a su consorte. Y aunque las devociones cambiaron con los siglos, el recuerdo de la madre de todos los hombres perduró en el espíritu de su gente. Desde entonces, en las noches claras de luna, algunos aseguran que las serpientes sagradas emergen silenciosas, recordando su existencia divina a aquellos que aún perciben sus antiguos sonidos.

Así, el mito de Bachué no solo habla del origen del ser humano en aquellas tierras andinas, sino que preserva una filosofía de vida, un eco de lo que las aguas mismas susurraron a sus hijos, perpetuando el ciclo eterno de la naturaleza y del linaje humano, en un abrazo silencioso de divinidad y acomodo terrenal.

Historia

El mito de Bachué, madre del género humano entre los chibchas o muiscas, surge de las antiguas leyendas de esta civilización que habitaba principalmente el altiplano cundiboyacense en Colombia. Según las versiones disponibles, Bachué salió de la laguna de Iguaque, situada cerca de Tunja, Boyacá, llevando consigo a un niño pequeño con el cual se casaría cuando éste llegara a la madurez. De su unión nacieron múltiples hijos con cada parto, lo que permitió poblar la tierra con descendientes chibchas. Bachué y su consorte recorrieron la región enseñando a sus hijos a vivir en comunidad, a tejer, a construir moradas y a seguir preceptos culturales y religiosos. Al final de sus vidas, regresaron a la laguna de Iguaque, donde se transformaron en serpientes, simbolizando la sabiduría, y sumergiéndose en las aguas, tras lo cual la laguna se convirtió en un santuario venerado por los chibchas. Este mito refleja la importancia del agua y de las madrecitas agua y tierra, elementos centrales en la realización de sus creencias y prácticas culturales. Además, el mito se asocia con el matriarcado y el papel fundamental de la mujer en la sociedad chibcha.

Versiones

El mito de Bachué presenta varias versiones que reflejan diferencias en los detalles narrativos, iconografía y elementos simbólicos. La primera versión describe a Bachué emergiendo de la laguna de Iguaque con un niño llamado Labaque, y destaca cómo su unión con él marca el inicio del linaje humano chibcha. En esta versión, su vida está marcada por la fertilidad extraordinaria y la instrucción de sus descendientes hasta su retorno final a la laguna, donde se convierten en serpientes. En contraste, una segunda versión hace hincapié en el entorno geográfico y la influencia del medio natural en las percepciones religiosas y culturales chibchas, señalando la importancia del agua en su cosmogonía. Aquí, la historia enfatiza la conexión con el paisaje andino y no tanto en el contenido particular de cada parto o en las pláticas finales de Bachué.

Otra variación importante introduce conceptos duales, como el mito muisca que describe la separación de energías masculinas y femeninas, similares al yin y el yang, y presenta a Bachué (Furachogua) como parte de un ciclo transformativo. Esta perspectiva añade una dimensión de profundidad mítica en la que las entidades femeninas y masculinas (Amuya y Muyyan) encarnan principios cosmológicos. En algunas versiones, hay una mayor cantidad de elementos simbólicos y comparaciones transculturales; el agua se compara con otros mitos universales, y el lugar de culto en la laguna de Iguaque se exalta como un sitio de importancia espiritual. También se menciona la práctica del matriarcado y la noción de animales como símbolos de sabiduría e inteligencia, destacando la cultura matrilineal chibcha. A lo largo de las variaciones, se observa cómo el mito persiste no solo como una narración de la creación, sino como un documento cultural que refleja la estructura social y las creencias religiosas de los chibchas.

Lección

La unión y la sabiduría son la base de la creación y la comunidad.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Deucalión y Pirra, quienes repoblaron la tierra tras el diluvio, y al mito japonés de Izanagi e Izanami, creadores de las islas y dioses.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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